“¡Lo hemos hecho, lo hemos hecho!”, repite como un chiquillo un David Bowie eufórico, casi incrédulo, después de dar cuenta de “Let’s dance”, penúltima de las 21 canciones que sonaron aquel 25 de junio de 2000 en la explanada de Glastonbury ante una multitud de 120.000 personas en éxtasis. El archivo de grabaciones en directo del Duque parece casi inagotable, pero pocos recitales como este, épico y mítico entre todas las esdrújulas posibles, merecían la inmortalidad del soporte fonográfico. Situémonos: Bowie acaba de publicar un disco menor, “…hours” (1999), Iman está embarazada y él ni siquiera dispone de una banda estable y definida cuando recibe la invitación de Glasto, un festival en el que solo había comparecido en una ocasión, allá por 1971, a las seis de la mañana y ante un público catatónico. El genio duda, pero acaba diciendo sí y preparándose para una noche necesariamente memorable. Esta anheladísima edición aporta incluso los diarios de aquellas semanas, gracias a los que sabemos las incertidumbres de David (programa tres pequeñas actuaciones preparatorias en The Roseland Ballroom, una sala de Manhattan para 3.000 espectadores, porque “tiene un nombre bonito”), las decepciones (acude con su mujer a ver “Granujas de medio pelo”, de Woody Allen, y le parece “una idea pequeña y una película más pequeña aún”) y la determinación principal: dar un golpe de autoridad en la mesa de Glastonbury, una noche de éxitos inapelables después de una década de reinvenciones y experimentos. El resultado es, simple y llanamente, brutal. “Habrá un par de caprichos en el repertorio”, se confiesa Bowie (¿“Stay”? ¿“Little wonder”?), pero todo es arrollador, arrebatador. Histórico. Superlativo. Qué demonios: imperecedero. Un sonido abrasivo, palpitante, pletórico de adrenalina. Un aval más de que no volverá a ver nadie tan increíble como él.

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