No habrá muchos discos más bonitos que este durante 2018. No, no puede haberlos. Heather McEntire no juega a reinventar las reglas del country alternativo, pero sí a conmovernos. Desde su misma historia, la de una muchacha de Carolina del Norte, inmersa en una comunidad religiosa e incapaz de concebir su atracción creciente e inequívoca hacia las chicas. Fue el ingrediente esencial en el trío Mount Motiah, ejerció como brazo derecho de Angel Olsen y aquí se destapa como solista con un disco, ya lo avisábamos desde la primera línea, apabullantemente hermoso. Y que se abre con la pieza más cadenciosa y contemplativa de todo el álbum, “A lamb, a dove”, una especie de salmo en la que la iconografía religiosa del pasado queda reformulada en términos personales y genuinos. Da igual, en último extremo, a quién ame McEntire. Lo importante de este disco es que ha conseguido ser ella misma. Y que el trémolo de su voz figura entre esas cosas que no resultan sencillas de olvidar, una vez que hemos transitado por la adictiva “Baby’s got the blues”, la atribulada “One great thunder”, la muy campestre “Quartz in the valley”, el pellizco eléctrico de “Red silo”. No, no abundan elepés como este: a los amantes de Nashville les hacía falta una inyección de orgullo así

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