Escondido en recónditos pliegues de la memoria, relegado a las cubetas de discos baratos en las tiendas de segunda mano o reducido a la condición de firmante de You make me feel like dancingMore than I can say, para la que, a la altura de este sexto y homónimo álbum, aún le faltaban un par de temporadas. Ese es el lugar que los años han acabado concediendo Gerard Hugh Sayer, y urge alertar sobre la injusticia que volveremos a cometer con tal catalogación. Layer fue durante buena parte de los años setenta un autor e intérprete prolífico, dueño de una voz tersa, bien relacionado con personajes por los que hoy seguimos sintiendo debilidad. Y un tipo capaz de sacar pecho, justo cuando los bramidos del punk retumbaban con más fuerza, con discos tan sedosos, elegantes y seductores como este.

 

Centrémonos. Ya en 1973, siendo todavía un pipiolo virtualmente desconocido, Leo había sido capaz de llegar hasta Roger Daltrey, el cantante de los Who, y proporcionarle su primer sencillo en solitario, el extraordinario Giving it all away. Debutó con nombre propio en 1974 y a las alturas en que nos encontramos afrontaba ya su sexto álbum, ninguno de ellos menor ni desdeñable. Este fue esquivo en éxitos, pero puede que el más exquisito de su colección. Con el entonces ilustrísimo Richard Perry en la producción, el mismo que ya había sacado lustre de las voces de Harry Nilsson, Art Garfunkel o Carly Simon, y hasta había hecho creíble como artista en solitario a Ringo Starr con el extraordinario Ringo. Y con un aliado tan en forma como Lindsey Buckingham, apenas un año después del terremoto de Rumours. El guitarrista de Fleetwood Mac aporta aquí su acústica y segundas voces inconfundibles para una versión muy desnuda y refinada de Something fine, de Jackson Browne.

 

Porque Leo Sayer, otro detalle atípico, recurría con frecuencia a las versiones, con solo cuatro de los diez cortes salidos de su pluma. Pero entre los préstamos figuraban la adorable Raining in my heart (Boudleau Bryant/Felice Bryant) o Dancing the night away, de James Brown, con el ilustre David Lindley alternándose en el violín y la steel guitar. Y, para finuras originales, la de Stormy weather, donde el propio Leo subraya la melancolía con un precioso barniz de armónicas.

 

Los créditos son, de un solo vistazo, apabullantes. Por allí andaban James Newton Howard, encargado de las teclas y la dirección musical; la plana mayor de Toto (Jeff y Steve Porcaro, Steve Lukather, David Paich, Lenny Castro), el piano de Greg Phillinganes (en I can’t stop loving you, otra balada impagable), el ubicuo batería Russ Kunkel. Incluso Ray Parker Jr. se involucra en la pintoresca Frankie Lee, escrita a medias con Sayer e improbable intersección entre el funk y la canción de autor. Desempolvar Leo Sayer es revivir una joya inesperada.

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