En tiempos de sobreabundancia informativa, cuando disponemos de millones de discos a un clic y la oferta se incrementa cada viernes con docenas de títulos, es inhabitual que un álbum se haga fuerte en la bandeja del lector e invite a la escucha reiterada. Con “Cinematic radio”, obra pequeña y sutilísima, pero llena de una luz serena y radiante, termina obrándose el milagro. Lluis Capdevila, 37 años, es un pianista jazzístico tarraconense que durante tiempo compaginó las teclas con las leyes, incluso con un máster en propiedad intelectual, pero que acabó -bendito sea- renunciando a la toga por seducir a las musas. Su empeño le ha llevado hasta Nueva York, donde se graduó en la escuela Aaron Copland (ninguna broma), y ahora regresa cual hijo pródigo para erigirse en gigante de vocación intimista. “Cinematic…” es un disco desnudo y precioso, que renuncia al formato de trío de “Diáspora” (2016) para optar por un mano a mano encantador con el contrabajista Petros Klampanis. Alguna percusión o ‘loop’ se escapa aquí y allá, y un fliscornio irrumpe en “Changing”, pero esto es, en esencia, cosa de dos. Y ambos optan por la caricia, el pulso delicado, una sensualidad epidérmica. Capdevila es un melodista asombroso que mima giros y disonancias y consigue que cada corchea de “The wheel (of life)” o “Málaga” cobre significado, se adhiera a nuestros recuerdos. Podemos imaginarle aprendiendo de Brad Mehldau, pero al abordar su única versión se inclina por “Adoro”, bolero de Armando Manzanero. Habrá quien le tome por un autor romo, poco amigo del vértigo o las aristas, pero sería absurdo reprocharle su firme alianza con la belleza. Estas ocho páginas propias son puro mimo, puro primor. Parecen tímidas, pero acaban conquistando nuestro salón con la fuerza de un gran abrazo.

 

 

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