En esa rutilante nueva generación de cantautores que comenzaron en bares diminutos y ahora se marcan históricos llenazos en los pabellones de deportes (Rozalén, Marwan, Andrés Suárez, El Kanka…), Luis Ramiro hace las veces de tapado, de siguiente en la línea sucesoria. Es coetáneo de los mencionados (o poco mayor) y tan conocido como ellos entre los seguidores de la canción de autor, pero parece resistírsele la transversalidad, por llamar de alguna manera a ese don de traspasar las fronteras estilísticas y filtrarse entre otros públicos más inespecíficos. Y no acabamos de encontrar una explicación nítida para este trato desigual de la Diosa Fortuna (a la que aquí menta en La chica del perro), salvo que nos pongamos chistosos y apelemos a su condición de colchonero. Por eso mismo, tampoco sabemos si su signo cambiará con 2029, este que es ya su sexto álbum, pero al menos podemos decir que la primera mitad del álbum es probablemente, y con creces, lo mejor que ha grabado hasta la fecha. Sobre todo por lo que respecta a Castillos de clicks, autorretrato nada complaciente o diálogo entre el Luis presente y el pretérito, sin muchos trofeos que exhibir y con la farmacopea resistiéndose a dar resultados (“la pastilla antinostalgias a veces no quiere funcionar”). Tanto esta como la otra gran joya del disco, Bienvenidos a la posmodernidad, comparten la utilización de unos arreglos de cuerdas ambiciosos y realmente bellos, con el valor añadido, en este segundo caso, de que Ramiro abandona por fin la recurrente primera persona y extrae conclusiones amargas y sabrosas de lo que contempla al levantar la mirada (“Casas de apuestas en barrios que no pueden soñar / Dios ya no encuentra el paraíso mirando en Google Maps”). También hay buenas cuerdas para El clima y la temperatura, por ejemplo, aunque la página no es tan deslumbrante, y el estilo autorreferencial funciona muy bien en el caso de Bridget Jones, donde se ve “más feo, gordo y con canas” y objeto de las burlas por parte de “los hijos de puta millennials adictos al WhatsApp”. Todo ello es el testimonio de un tipo sincero, desnudo y brillante, al que solo se le tuerce la escritura cuando se vuelve predecible y incurre en melodías sin recorrido (Líneas rectas, Delorean), de esas que sabemos cómo acaban antes de haberlas escuchado. Cuando incide y reincide en las cosas del amor (propio) y el desamor (doloroso), sin darse cuenta de que las grandezas de una falda o las sangrías de un desencuentro son temas universales, pero no infinitos. Queda, en cualquier caso, el mejor Luis Ramiro posible, al menos hasta ahora; más cerca que nunca de elevar el tiro y convertirse en el gran escritor que por momentos aquí llega a ser.

2 Replies to “Luis Ramiro: “2029” (2020)”

  1. hay una explicación al “por qué se le resiste la transversalidad” de los kankas y marwanes. luis ramiro cansa a los tristes y aburre al sedentario. sus composiciones están escritas desde una indigesta autocompasión – y su consecuente querencia a la palmadita en la espalda- que hace que salten las alarmas a la segunda escucha. a la primera si ya conoces su música. quiere ser más poeta que neruda y más tristón que ismael serrano. pero hace falta talento para lo uno y lo otro. no sólo con la forma llega el fondo. sirva de ejemplo su libro de sonetos acartonados escrito al amparo de esa virguería sabinera que era “ciento volando de catorce”. no bastan catorce versos que rimen con una temática propensa al náufrago. hace falta algo más. ese “don de traspasar las fronteras estilísticas y filtrarse entre otros públicos más inespecíficos” (neira dixit). un abrazo compañero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *