Imposible no rendirse ante la evidencia: se está fraguando algo grande en torno a la figura de la jovencísima María José Llergo. Nos pronunciaremos con la cautela de quien afronta el pronóstico acerca de una muchacha de 26 añitos y un álbum de presentación que, en términos clásicos, apenas podría considerarse un mini-lp, puesto que comprende solo siete canciones y 27 minutos escasos de duración. En todo caso, la impasibilidad se antoja imposible a poco que reparemos en la garganta prístina y resplandeciente, en ese canto natural y espontáneo, hermoso sin necesidad de florituras, que se apodera al instante del salón y de un merecido rinconcito propio en nuestra memoria. El blanco nuclear que preside todo el diseño de Sanaciónes un excelente recurso estético, pero también simbólico: María José viste de blanco, escoge un pura sangre de ese mismo color y hasta se ha escogido un vinilo de tonalidad nívea para que se apodere de nuestro giradiscos, y todo para dejar claro que aquí hay mucha espiritualidad y ni rastro de aspaviento o impostura. Llergo es un filón, una voz angelical en la cabeza de una chavala con mucho sur (de Pozoblanco, Córdoba, proviene la criatura) y clarividente norte. Ella escribe y compone casi todo lo que escucharemos aquí, en todo caso con el respaldo puntual de su arreglista y hechicero electrónico, Carlos Rivera Pinto. Pero Rivera no pretende ser Refrëe, por decirlo de modo gráfico, ni mucho menos El Guincho. Es fácil caer en la tentación de ver en la cordobesa a “la nueva Rosalía”, pero las comparaciones, además de engorrosas, en este caso no le favorecen: la de El mal querertransita por otras órbitas mientras nuestra protagonista no pierde de vista la Andalucía lorquiana y machadiana, por mucho que la visión milenial le permita introducir los hipnóticos disparos electrónicos de Me miras pero no me veso el embrujo absorto de la bellísima ¿De qué me sirve llorar? Se pasa en un suspiro este Sanación, por breve y por hermoso. Nana del Mediterráneoo Niña de las dunastienen tanto sabor a tierra, esa que sembraba su abuelo Pepe, que sería imperdonable no reconocer en María un diamante.

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