La disyuntiva, en el caso de Marvin Gaye, siempre se plantea entre What’s going on? y Let’s get it on, los dos álbumes con los que entró en la década de los setenta y, definitivamente, en la historia. Son imbatibles, como todos sabemos, y en caso de duda solemos optar por el primero: además de su estado de gracia musical, que acaricia el éxtasis, incluía todo un ideario de concienciación y vehemencia que daba carpetazo definitivo a sus irresistibles pero livianos éxitos de los sesenta. Pero visto ahora con una perspectiva más generosa, solo el brillo cegador de esas dos genialidades puede explicar que en su momento no saludásemos esta siguiente entrega con los honores de una obra maestra. Incluso tendemos a olvidarla, en ausencia de un single tan demoledor como los temas que titulaban esas dos obras precedentes, pero ni siquiera eso es del todo cierto. I want you, la nueva pieza central, es una virguería del soul con oropeles, porque no escatima cuerdas, seda ni producción arrebatada. Y siempre sentí absoluta debilidad por After the dance y su estribillo inaudito, en falsete y que casi se limita a repetir tres notas sucesivas: parece una extravagancia, y en realidad es un hallazgo adictivo. En su momento, y frente a la fidelidad al sonido Motown de toda la producción anterior, desconcertó la apuesta por un productor como Leon Ware, más próximo a los sintetizadores y la música disco. Pero es fascinante el tono de madrugada e intimidad tórrida que logra transmitir toda la entrega, verdadera exhibición de amor, concupiscencia y lubricidad. Gaye (que en realidad se apellidaba Gay, pero añadió esa “e” final para evitar chistecitos: cosas de otros tiempos) ni siquiera se reprime con la inclusión de gemidos y ronroneos eróticos, a la manera de Barry White. Había explicación: Marvin estaba a punto de contraer matrimonio con Jan Gaye, la que sería su segunda esposa, y las crónicas cuentan que ella estuvo presente en todo momento en el estudio para ejercer de musa en tiempo real. Su amado no se anduvo con rodeos a la hora de mostrar efervescencia hormonal, como demuestran gemas lúbricas de la dimensión de Feel all my love inside. Pero no hacen falta musas, o musos, o la llamada del amor para enamorarse de un disco que no es anecdótico, sino sencillamente rutilante.

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