Es curioso que Phil Collins tienda a ser hoy objeto de caricatura o parodia (así lo retrataban incluso Love of Lebian en Marlene, la vecina del Ártico, ¿recuerdan?), cuando cualquier análisis juicioso lo situaría entre los músicos populares más relevantes y sobresalientes durante las décadas de los setenta y los ochenta. Integrante de Genesis (¡Genesis!) desde el segundo disco de los británicos, en 1970; líder sobrevenido y exitoso de la banda después de una deserción, la de Peter Gabriel, que en cualquier otro caso habría resquebrajado el proyecto para siempre; propietario de un sonido característico frente a la batería, una circunstancia casi única en el pop, y responsable de un puñado de éxitos colosales sin renunciar a sus estándares de grandiosidad, singularidad y ambición. No jacket required fue su tercer trabajo en solitario y en su momento nos pilló ligeramente con el pie cambiado, pero hoy regresa al reproductor como un monumento magistral del pop sofisticado de la época. Face value (1981) había sido un retrato intimista del Collins atormentado por las catástrofes del amor y Hello, I must be going (1982) dejaba pista libre de una vez por todas a su pasión por el souly el sonido Motown, pero No jacket… exacerbaba su gusto por los metales, una faceta que en Genesis tenía vetada, y daba forma definitiva a un sonido abrumador, que hoy, a diferencia de otros álbumes de la década, no resulta anacrónico sino que mueve a la nostalgia: hoy nadie invierte tanto tiempo ni recursos económicos en una producción huracanada, de las que deja la espalda adherida al sillón. Collins miraba a Prince en Sussudio, término absurdo que acababa siendo terriblemente contagioso; presagiaba el carácter hipnótico de su megaéxito Another day in paradise (1989) con Long long way to go, recordaba al Sting también congraciado con el gran público en I don’t wanna know y era capaz de que una balada-baladísima como One more night resultara extraordinariamente sentida y hoy podamos reconocerla como un gran clásico de las canciones de amor. Y aún quedaban la elegantísima Inside out, el trabalenguas de Doesn’t anybody stay together anymore, la irresistiblemente funk Don’t lose my number o la excelencia del obstinato rítmico en Take me home, otra canción de amor que, a diferencia de One more night, optaba por un tratamiento nada meloso. Pasarán de largo los miopes y sobrevivirán –a las pruebas nos remitimos‑ los discos que parecían hijos de su tiempo y hoy dejan ya huella de su gloria atemporal.

 

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