Mi primera copia de Selling England… fue una cinta virgen TDK de 60 minutos en la que grabé un ejemplar en vinilo con un crepitar más intenso que el de una freidora industrial en el comedor del colegio. Con todo, acabé pulverizando el casete a fuerza de escucharlo como si en ello me fuera la vida. Cómo no sentir fascinación ante ese mundo de laberintos sonoros, aquellas piezas que iban acumulando partes, quiebros y sobresaltos; la sensación de epopeya impredecible, el gusto por alternar planeos para el sosiego engañoso y latigazos que estallaban sin control aparente. Esas canciones que no eran nada equiparable a lo que conocíamos por tal, sino algo parecido a pequeñas suites, y siempre de estructura no predefinida. Peter Gabriel encarnaba la pompa y el teatro, la voz timbrada y estrafalaria, el genio incontrolable. Pero este era el disco para la graduación definitiva de Phil Collins como lugarteniente. Ningún chiste: aquel batería despuntaba como cantante por vez primera (en la exquisita More fool me) mientras Gabriel casi bordeaba el glam en un sencillo enorme, I know what I like (In your wardrobe), por mucho que nadie imaginara entonces al quinteto manejándose en el escueto formato de los cuatro minutos. El álbum, quinto del lote (incluyendo también el debut, aquel From Genesis to revelation del que sus firmantes siempre renegaron) encerraba épica, ambientaciones literarias, historias con ecos de Tolkien y, sobre todo, la excentricidad propia de unos veinteañeros en estado de gracia, unos chavales de miradas sin cortapisas. Es imposible comprender la historia del rock sinfónico sin monumentos como The cinema show o Dancing with the moonlit knight. Tampoco tenemos capacidad para volver a escucharlos sin revivir aquel chispazo, aquella excitación. Ahora, bien cierto es, con alguna decoloración capilar asomando por las sienes. A cambio, nos hemos desprendido del complemento sonoro de fritanga.

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