La portada es sencilla, como sus contenidos. Pero aunque solo fuera por “Stained Glass” (pop pluscuamperfecto y vídeo con dibujitos animados, a lo Archies), ya haríamos bien en arrimar la oreja. Sucede que los motivos para enamorarse son aún más abundantes. Parece difícil imaginar tanta melodía afortunada, esos arpegios cariñosos, la permanente sensación de que podríamos estar enamorándonos a la caída de la tarde, y a ser posible junto al mar. Rara vez el pop merece tanto la pena como en el cuarto disco de estos mozos. Ya sin Matt Mondaline, consagrado definitivamente a sus Ducktails, pero con todo el calorcito del mundo.

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