Tendemos a emparejar el nombre de Roberta Flack con Killing me softly with his song, aquel éxito fabuloso de 1973, pero a aquel cuarto disco ya llegó muy experimentada. Y puede que este debut, no todo lo divulgado que su excelencia merecería, supere todo lo mucho de bueno que, suavemente o no, llegaría después. Flack no era ninguna pipiola (32 años) la primera vez que se encerró en unos estudios, pero acumulaba muchas horas de vuelo en bares y clubes de variado pelaje, y había escuchado mucho material de interés desde la cuna: su padre era organista en una iglesia, y ese poso ceremonial, casi de oratorio, aflora aquí en más de una ocasión.

 

El chispazo es instantáneo, porque, nada más colocar la aguja en el surco inicial, comienza el crepital de piano y contrabajo en la majestuosa Compared to what, un arrebato casi jazzístico de furia en el que nuestra muchacha de Carolina del Norte deja a un lado candidez y dulzura. Es lo más fascinante, quizás, de Roberta: esa capacidad para aglutinar matices y personalidades, ese espectro en el que domina desde los territorios de Nina Simone hasta las inmediaciones de Aretha Franklin o Sarah Vaughan.

 

Se asociará este disco siempre al milagro de The first time ever I saw your face, una vieja canción de Ewan MacColl que Flack esconde en mitad de la cara B pero acaba emergiendo como una de sus delicatessen más clamorosas, sobre todo a partir de que Clint Eastwood la deslizara en su primera película como director, Play misty for me (o Escalofrío en la noche, elijan). Pero la capacidad para reinventar, asumir y penetrar en material ajeno es motivo de pasmo. Roberta desmenuza con muchísimo gusto un clásico tan inesperado como Angelitos negros, que aquí asociábamos con Antonio Machín. Y exprime cada lágrima de ese canto de Leonard Cohen a la amargura del fracaso sentimental, Hey, that’s no way to say goodbye.

 

Unamos el pequeño detalle de que su amigo Donny Hathaway, con el que luego grabaría un par de álbumes, entrega dos originales a la causa. Y, recapitulando, lo veremos claro: ninguna mujer del soul ha sido capaz, en toda la historia, de debutar con un álbum tan fascinante como este. Una gigantesca Primera Toma.

 

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