Sí, claro que habíamos tomado nota de Travis con Good feeling (1997), pero ni el pronóstico más optimista podría habernos hecho llegar hasta un disco como este The man who. El primero situaba a los escoceses en la órbita del brit-pop de la época; este, en la de firmantes superlativos, creadores de melodías y ambientes tan acogedores que muchas generaciones seguirán abrazándose a ellos cuando nosotros ya solo seamos olvido. The man who se hizo incluso merecedor de una gira monográfica con motivo de su vigésimo aniversario, una de esas raras reivindicaciones de un LP de pop como una obra íntegra y merecedora de atención como un todo y no como una mera suma de partes. “Cuando te metes en un estudio de grabación”, contaba Healy entonces, “aspiras a que a ocho de las diez canciones sean más o menos buenas. En pocas ocasiones lo consigues, pero esta vez creo que sí…”. No sabemos qué dos cortes excluiría nuestro paladín de la ternura de los parámetros de la excelencia, porque los grandes argumentos se acumulaban en este hito finisecular. El principal de todos, Driftwood, la canción más bella de los escoceses (puede que más incluso que Flowers in the window), y a continuación ese gran éxito que fue Why does it always rain on me?, que definía la acaso mayor virtud de este álbum: los temas invitaban a la melancolía y evocaban nubarrones meteorológicos y emocionales, pero su construcción fabulosa permitiría corearlos a voz en cuello en cualquier estadio. Solo la euforia de Turn, tan contagiosa, se escapaba un poco de esa tónica. Pero retornar a The last laugh of the laughterWriting to reach you vuelve a sugerirnos la sensación de refugio. Así caigan chuzos de punta, y de eso en Glasgow saben mucho, Travis siempre es territorio seguro. Más aún en este disco magistral, lo más melódico y delicado que ha pasado nunca por las manos del productor Nigel Godrich. Ya lo ven: otro sabio.

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