Hay trabajos hermosos y los hay esforzados. El de Cheryl Pawelski aúna los dos requisitos. Esta experimentada y prestigiosa productora discográfica, cofundadora del sello Omnivore (un término que la define como pocos) y con altas responsabilidades durante años en Rhino, Concord o Emi-Capitol, descubrió hacia el año 2010 un gigantesco e ignoto archivo documental con las grabaciones originales que los compositores de Stax –con seguridad la factoría de música negra, junto a Motown, más importante de la historia– realizaban de sus canciones para mostrárselas a las grandes estrellas de la compañía y que estas las interiorizasen, se las aprendieran y procedieran a inmortalizarlas en las grabaciones definitivas. El hallazgo se antojaba valiosísimo, pero casi inabordable por sus dimensiones ciclópeas: las estanterías albergaban unas 2.000 horas de música que, para poner las cosas más difíciles, casi nunca conservaban las más mínimas indicaciones sobre títulos, autores o año de gestación. Pero era evidente que en semejante plétora de material habrían de esconderse unos cuantos tesoros –bastantes– de evidente valor sonoro e histórico.

 

Pawelski, ganadora de tres premios Grammy, no se arredró. Pensó que bucear en aquellas 1.300 casetes digitales de hora y media de duración cada una era solo cuestión de tiempo, paciencia, constancia y entusiasmo. Una década más tarde, tras finalizar la escucha y catalogación de aquel legado al que nadie había prestado atención, se sintió exhausta pero eufórica. En aquellas olvidadas cintas aparecían, ocultas entre toneladas de registros sin demasiado interés, varios centenares de canciones sencillamente gloriosas. Y aún más asombroso: en 66 de los casos eran títulos que ningún artista llegó a grabar y que, de no ser por su tozuda perseverancia, se habrían disipado para siempre entre toneladas de polvo y olvido.

 

La historia, tan emocionante como las de esos viejos galeones reflotados con tesoros valiosísimos en sus bodegas, cobra ahora cuerpo en forma de cofre de siete cedés, tapas duras y 50 páginas profusamente ilustradas. Lleva por título Written in their soul y no parece temerario señalarlo como la antología discográfica (o box set, en la terminología anglófona) más asombrosa de la temporada, tanto por la excelencia del contenido como por su valor documental, un inesperado complemento a la historia que hasta ahora conocíamos de un sello comprometido con el soul, el rhythm ‘n’ blues, la cultura afroamericana y las transformaciones sociales de aquellos azarosos años sesenta. Cheryl Pawelski contabilizó hasta 665 maquetas “perfectamente publicables”, pero Written in their soul se conforma al final con solo 146 grabaciones. Los cuatro primeros discos recopilan 80 demos de piezas que sí acabarían llegando a los tocadiscos de los aficionados, casi siempre a través de artistas de la Stax pero también mediante préstamos a músicos que grababan para sellos como Atlantic, Hi! o Soul House. Se trata de un material pasmoso, sin duda, pero empalidece ante la certeza de que toda la música incluida en los tres discos siguientes, del quinto al séptimo, nunca había sido publicada ni difundida de ninguna manera ni circunstancia.

 

¿Material de desecho? ¿Filfa? ¿Morralla? Aparquen el escepticismo y súbanle el volumen a los auriculares: de entre esas cinco docenas largas de hallazgos absolutos, ocho o diez podrían haberse consagrado como clásicos del género e irrefutables éxitos a ambos lados del Atlántico.

 

Prodigios de otros tiempos, sin duda. Stax Records había echado a andar en Memphis (Tennessee) allá por 1957 con el propósito de convertirse en la gran catalizadora del soul sureño. Su fundador, Jim Stewart, era un violinista blanco más bien irrelevante, pero admiraba el modelo que Sam Phillips había sido capaz de implantar en Sun Records (Elvis Presley, B.B. King) y comprendió pronto que una parte mollar del negocio discográfico provenía de los derechos de autor y no tanto de los fonográficos. Por eso no tardó en fundar una compañía editorial, East Publishing (más tarde, East/Memphis Music), que agrupaba a cuantos compositores trabajaban a destajo para su escudería. De esa manera todo quedaba en casa: las interpretaciones y las autorías.

 

Los originales ahora desenterrados en este séptuple trabajo permiten descodificar los logros de Stax –la escudería en la que encontrarían acomodo Otis Redding, Sam and Dave, Isaac Hayes, los Staple Singers, Eddie Floyd o Carla y Rufus Thomas, entre otras luminarias– desde las entrañas. El mediocre violinista Stewart no escribía música, pero sus tres primeros empleados para el sello, Chips Moman, Steve Cropper y el afroamericano David Porter, eran compositores todoterreno. De ellos, Cropper se convertiría en piedra angular de Stax a través de Booker T. & The MG’s (los de Green onions), aunque el aficionado medio lo recordará por sus apariciones en las películas de los Blues Brothers.

 

Una de las aportaciones más sobresalientes de Written in their soul la encontramos con el muy relevante papel de las mujeres en el elenco de compositores, un detalle sobre el que apenas se había incidido hasta ahora. Bettye Crutcher, firmante de varios éxitos para la familia Staples, abrió el camino en la factoría, aunque ella misma explica cómo tuvo que alternar las excelencias de sus canciones con la de sus espaguetis para granjearse la confianza de los intérpretes más recelosos. Continuó la saga Deanie Parker, que acabaría ostentando una viepresidencia en la compañía. Y el caso más asombroso es el de Carla Thomas, a la que todos identificamos como cantante (B-A-B-Y), pero que aquí acredita una solvencia abrumadora con un lápiz entre las manos.

 

En último extremo, Written in their soul permite escudriñar en las formulaciones originales de títulos que se harían inmensamente populares en sus versiones definitivas, desde 634-5789 (Wilson Pickett) a aquel Respect yourself finísimo en las voces de Staple Singers, pero de fiereza casi punk cuando salió de las manos de su firmante, Mack Rice. Es muy divertido curiosear en esas interpretaciones frescas, descuidadas y primitivas, a veces tan cómicas como ese Dy-no-mite, luego famoso a través de The Green Brothers, en el que su autor imita con silbiditos las partes concebidas para los metales. Pero nada, insistimos, fascina tanto como las canciones rescatadas del agujero negro. Los autores del libreto, Deanie Parker y Robert Gordon, no dan crédito a que maravillas como Everybody is talking love, de Bettye Crutcher, hubiesen sido desechadas y condenadas al ostracismo. Quizá ahora algunas de esas joyas ignotas se incorporen de manera tardía al canon de la mejor música estadounidense.

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