La música disco siempre llevó asociada unas connotaciones liberadoras y contraculturales que la comunidad LGTBI no tardó en abrazar como propias, pero ese vínculo nunca estuvo tan claro como en el caso de Sylvester, el hombre que acabaría sentando las bases del canon queer para las pistas de baile. Artista abierta e indisimuladamente gay desde sus primeros pasos en los escenarios, cuando desde finales de los sesenta comenzó a frecuentar los circuitos del góspel en su Los Ángeles natal (y poco más tarde en San Francisco), Sylvester James Jr. nunca quiso saber de la existencia de armarios, ejerció como pionero de la cultura drag y tuvo claro los conceptos de la diversidad y la valía de lo multirracial desde mucho antes de que tales términos se volvieran frecuentes en la agenda política. Pero no fue hasta su cuarto álbum, este Step II, cuando supo alinear todos los ingredientes de su ideario para crear el disco más fabulosamente marica de toda aquella eclosión discotequera, un álbum exuberante que siempre merecerá un lugar en la historia aunque solo fuera por la inclusión de dos himnos incomparables para las pistas de baile y la reivindicación homosexual, Dance (Disco heat) y, sobre todo, aquel You make me feel (Mighty real).
Lo asombroso, y hasta casi inexplicable, es que hemos tenido que completar el primer cuarto del siglo XXI para que aquel Step II conozca su ¡primera! entrega en formato cedé, aunque el sello Fantasy ha tenido en compensación el buen criterio de poner en marcha esta edición deluxe que aporta hasta siete cortes adicionales con respecto al original de cuarenta y muchos años atrás. Bien es cierto que seis de las siete piezas son remezclas y reformulaciones varias de You make me feel…, además de una de Dance (Disco heat), pero los amantes de las versiones largas para las eclosiones de fervor a altas horas se van a poner las botas con las lecturas que proponen Soulwax, Bright Light Bright Light o Tonic Funk. Y en cualquiera de los casos, Step II es un álbum fabuloso que trasciende ese significado sociológico e histórico para pervivir como un monumento musical de los últimos coletazos de la década, como bien refleja el texto del ensayista Joshua Gamson, un autor muy sensibilizado con la causa gay.
Lo más curioso del caso es que Sylvester fue durante años un perfecto escéptico en torno a las bondades del disco. Provenía de una cultura mucho más cercana al funk, como bien había reflejado en sus primeras entregas discográficas, Sylvester & The Hot Band y Bazaar, ambas en 1973. El álbum homónimo Sylvester, de 1977, ya le tomaba la temperatura a las aguas de los ritmos discotequeros, pero de una manera todavía algo tímida, como si en su fuero interno considerase que el afán por el baile arrebataba un poco de hondura y sofisticación a su lenguaje más propio y genuino. Y no sería hasta la germinación de You make me feel, en origen una pieza de soul tórrido y parsimonioso, casi baladístico, cuando el angelino se percató de toda la fuerza subversiva que anidaba en aquellos bajos octavados y teclados estridentes.
Como buen himno, aquel corte tuvo mucho de accidente, trabajo en proceso y, al final, gozosa liberación. Y con el mismo patrón prolongó aquel estado de ánimo (y de gracia) con Dance (Disco heat), que de hecho acabaría recibiendo los honores como primer single del trabajo. Pero no deja de ser curioso percatarse de que en Step II latía un grandísimo álbum de soul más allá de los fastos del momento. Sobre todo en esa cara B original, opacada por los fastos bailongos pero sobresaliente en episodios como la triste, extensa y compungida balada I took my strenght from you (con sus siete minutos de respiración contenida) o en el prodigio de funk a velocidad ralentizada que lleva por títuo Was it something I said.
En cualquier caso, Sylvester no solo redondeó aquí un elepé grandioso sino que sentó las bases de un canon: el suyo propio, con un falsete del que luego beberían sin disimulo artistas blancos como Jimmy Sommerville (autor, no por casualidad, de una célebre versión de You make me feel) y con la presencia de esas dos coristas gloriosas que eran Martha Wash e Izora Armstead, pronto conocidas como Two Tons O’ Fun y, aún mucho mejor, The Weather Girls. ¿Verdad que les suena una canción titulada It’s raining men? Sí: corría el año 1982 y eran ellas.
Añadamos otro nombre clave, el del teclista, compositor y productor Patrick Cowley, otro mago en nombre propio del disco, y comprenderemos la enorme trascendencia histórica del trabajo. Cowley fallecería en 1982 con solo 32 años; Sylvester no mucho después, en 1988, con 41. En ambos casos, las complicaciones derivadas del maldito sida tuvieron la culpa. Pero queda la obra, el goce, las ganas de vivir que también traslucía un tercer éxito potencial, Grateful, que resultará otra sorpresa colosal entre quienes aún no se hubieran asomado a un álbum que hasta esta edición era un preciado objeto de deseo entre coleccionistas.