Cuesta trabajo imaginar a un intérprete tan en estado de gracia como ese joven Bryan Ferry que se encarama al escenario del Royal Albert Hall, nada menos, un 19 de diciembre de 1974. Y resultan todavía más inescrutables los motivos por los que una joya del calibre de la que aquí nos ocupa ha tardado sus buenos nueve lustros largos en merecer esta publicación oficial, porque todo lo que refleja este volumen –contenido, continente, relevancia histórica, pompa y circunstancia– animaría a darle salida comercial con rango de acontecimiento. Ferry, un dandi de esmoquin y pajarita en el centro de los focos, había conseguido acumular en apenas un par de temporadas la friolera de cuatro discos al frente de Roxy Music y dos entregas en nombre propio, en apariencia divertimentos colaterales y basados casi en exclusiva en la recreación de material ajeno. Sentirse en un momento de eclosión artística incontenible debió de influir en el ánimo de Ferry a la hora de no andarse con miramientos a la hora de colocar su nombre propio en los carteles de los teatros: la pequeña gira británica que culmina en esta noche del Albert Hall nos lo presenta no ya con una sensacional banda de cinco integrantes (entre ellos, el ilustrísimo Phil Manzanera, correligionario en RM, a cargo de las guitarras), sino con el complemento de dos teclistas, un coro femenino con tres integrantes, una generosa sección de metales y, viva la opulencia, una orquesta de 18 efectivos. El resultado es, en una palabra, arrollador. Asombra que Ferry, responsable en una parte significativa del sonido revolucionario de Roxy Music, sepa trasladar ese espíritu de transgresión al juego de las versiones, tantas veces reducido a la condición de pasatiempo. El mismísimo David Bowie había caído en esa trampa de la insignificancia, de la relevancia más bien escueta, cuando en octubre de 1973 entregó aquel Pin-ups, una entrega que hoy debemos luchar para que la memoria inconscientemente nos la sepulte. Bryan, en cambio, no solo hace suyo un repertorio de espectro inverosímil (desde la apoteosis del crooneren These foolish thingsa la crudeza de los Stones más fieros, los de Sympathy for the devil), sino que lo desacraliza sin contemplaciones. Las versiones de Ferry son osadas, irreverentes, tan transgresoras como para convertir A hard rain’s a-gonna fall, la solemne proclama de Dylan sobre las transformaciones, en un delirio de glamdescocado. El gentlemanimpregna de personalidad propia todo lo que pasa por su fogón, ya sea Elvis (Baby I don’t care), Phil Spector (I love how you love me), Smokey Robinson (The tracks of my tears) o, inevitablemente, los Beatles, aunque You won’t see me no figure entre los momentos culminantes de la noche. Las crónicas de la época desvelan que estos 45 minutos demorados durante 45 años no testimonian todo lo sucedido durante la velada: hay que lamentar, como mínimo, las ausencias en este documento de Funny how time slips away (Willie Nelson), Help me make it through the night (Kris Kristofferson) o You are my sunshine, que también sonaron en aquellas vísperas navideñas. Pero el documento del Ferry más histrión, abrumador y a veces también vulnerable, no tiene precio. Tampoco la recuperación de un tema propio, A really good time, que Roxy Music incluyó en el disco Country lifepero nunca interpretaba en directo. En fin, pocas veces queda tan justificado el empeño de desempolvar material de archivo.

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