Algunos misterios no siempre sencillos de resolver. El primero y fundamental: por qué el nombre de Jeff Beck no ocupa un lugar de mayor privilegio en el Olimpo de los grandes guitarristas del rock, como mínimo a renglón seguido de Jimmy Page y Eric Clapton. Y el segundo: por qué esta entrega de 1972, en la que sacaba pecho “por mí y por mis compañeros” ya desde la misma portada, no gozó de buena acogida en su día ni del veredicto redentor de la historia con el paso de los años. Y eso pese a que es difícil regresar a él sin sentir un intenso cosquilleo; consecuencia directa, imaginamos, del derroche de electricidad.

 

Beck había servido en los Yardbirds a mediados de los sesenta (fue el recambio para Clapton, pocas bromas) antes de empezar una producción en nombre propio interrumpida abruptamente por un aparatoso accidente de automóvil en 1970. Le llevó casi un año recuperarse y rearmar una nueva alineación, la que le acompañó en el interesante (y titubeante) Rough and ready (1971) y la que debería catapultar a la gloria en esta exhibición apabullante. Lo que el año anterior todavía eran trabajos de tanteo aquí ya se había convertido en máquina implacable. Basta ver cómo el quinteto hunde el pie en el acelerador en Going down, un clásico blues de Don Nix, para fantasear con que estos cinco caballeros hubieran tocado juntos hasta el final de los tiempos. Matemáticos pero a la vez flamígeros. Precisos y tan juguetones como para sorprender con frenazos en seco. Sudorosos, pero elegantes como perfectos sibaritas.

 

A Beck le tienen en ocasiones como precursor del heavy, pero él era mucho más fino y aseado. Podía sacar chispas de la inagotable cantera de Dylan, un ritual en la época casi obligatorio que él solventa con sobresaliente a través de Tonight I’ll be staying here with you. Y aunque el zarpazo del blues-rock era la nota predominante (Glad all over), también podía aproximarse a un mar embravecido de soul con la muy negroide I gotta have a song. Ojo: un tal Stevie Wonder figura entre los firmantes de tan clamoroso tesoro, proveniente de su álbum Signed sealed & delivered (1970).

 

Fusión, siempre fusión. Geoffrey Arnold Beck siempre permaneció con los oídos abiertos de par en par, y de hecho en sus siguientes pasos se escoraría hacia un jazz fiero y muy híbrido. Aquí, mientras tanto, habría podido descongelar por sí solo toda una meseta arrasada por la borrasca Filomena, incluso aunque el primer y emblemático título fuera Ice cream. Beck suministraba oleadas de calor, pero el pianista Max Middleton estaba siempre atento (Highways) para rematar la faena. Como ese par de instrumentales –I can’t give back the love I feel for youDefinitely maybe– que completaban el espectro al final de cada cara.

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