Quienes enloquecieran hace la friolera de 45 años gracias a It takes a woman’s love to make a man o se dejaran engatusar poco tiempo después con Dust in the wind, una de esas madres-de-todas-las-baladas, poco podrían sospechar que a estas alturas seguirían desprecintando álbumes nuevos del septeto de Topeka (Kansas, claro). Y, más asombroso aún, que la banda sigue sonando tal y como lo hacía en sus años de gloria, incluso aunque el depositario de las esencias primigenias sea, a falta de otros supervivientes, su majestuoso batería fundacional, Phil Ehart. Pero The absence of presence resulta inconfundible, y a ratos inevitablemente irresistible, pese al portazo del guitarrista original, Kerry Livgren, y la retirada de su cantante y teclista más emblemático, el ilustrísimo Steve Walsh.

 

No importa, porque la marca en Kansas pesa más que los operarios detrás de ella. La fórmula –que se cimenta en la complejidad del rock progresivo británico pero aporta la pirotecnia del arena rock yanqui, las guitarras de perfil rocoso y alguna ocasional balada tremendamente enfática– es irrenunciable. El resto son matices. El nuevo vocalista/teclista, Robbie Platt, que debutara en 2016 con el antecesor The prelude implicit (primer título de estos gigantes en 16 años), es ligeramente más sosegado y menos propenso a los agudos que Walsh. Y, por supuesto, el violín de David Ragsdale, fijo en la alineación desde 1991, es omnisciente y electrizante. Además de bastante más preciso, puestos a contarlo todo, que el primigenio de Robbie Steinhardt.

 

Juntos son capaces de revivir la magia, convocados en torno a la pegada salvaje del bracero Ehart y las incisivas guitarras hard rock de los también productores Rich Williams y Zak Rizvi. Y así, tanto Throwing mountains como Jets overhead incluyen todos los parámetros –base rítmica robusta, cambios de velocidad y dinámica, acentos enfáticos– para provocar el delirio entre los fieles y los asistentes a las salas de conciertos. Más aún si el segundo aporta una excelente coda instrumental de dos minutos, Propulsion 1, que, lejos de la anécdota, ofrece algunos de los mejores pasajes del álbum.

 

La balada por antonomasia es Memories down the line, emotiva y además casi premonitoria desde nuestra mirada presente, inevitablemente pandémica. Never es un tiempo medio de academia, muy bien desarrollado. Pero, por minutaje y ambición, el momento culminante lo representa la pieza inicial y titular, The absence of presence. Y, por finura, lo más inspirado llega con el epílogo, el excelente The song the river sang, que aborda vertiginosos cambios de ambientación y sabe alternar la fiereza guitarrera con un lirismo que parece prestado de los primeros Genesis. Difícilmente los jóvenes se asomarán a un disco de una complejidad evocadora de tiempos muy pasados. Pero quienes peinen alguna cana se quedarán atónitos al comprobar que Kansas, tantas décadas y mudanzas después, aún preservan la lozanía orgullosa de sus ya remotos orígenes.

 

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