Aquel primer capítulo de este Color de la primavera debía de tener truco, qué duda podría caber. Parecía que íbamos a encontrarnos ante un álbum afable y su apertura lucía el eufórico título de Happiness is easy, pero era evidente que el tono compungido de Mark Hollis, esa especie de plegaria para abrirse las carnes, no era la más nítida representación de que la felicidad fuera cosa sencilla. Y, a todo esto, un coro infantil salpicaba la pieza –tristísima, bellísima– con unas voces más desafinadas e inquietantes que propias de un mundo ideal para querubines.

 

Un contraste brutal, despiadado. Lírico como solo puede llegar a serlo el dolor verdadero. El resultado era fascinante, como el resto de este álbum de solo ocho piezas, algunas en el entorno de los seis minutos, y con abundantísimas hechuras de obra maestra. Una circunstancia que, en el contexto de aquel prodigioso 1986 (el año de The queen is dead o So, por no extendernos con los ejemplos), adquiría un mérito redoblado.

 

Talk Talk provenían de un debut para nuevos románticos evanescentes, en la estela de Duran Duran (The party’s over, 1982), y una segunda entrega ya algo más sofisticada (1984), con aquel It’s my life que servía como título y faro en los primeros pasos del camino hacia un éxito que siempre fue mucho más selectivo que masivo. Pero este tercer álbum era una explosión. Mark, que había estudiado psicoterapia infantil, sollozaba, relataba los vaivenes de las relaciones en un balance siempre más próximo a la apoplejía y la pesadumbre que al destello.

 

Los londinenses podían optar aún a las radiofórmulas y el sonido ampuloso de Living in another world quedaba, percusiones y armónica mediante, a no muchos pasos de Tears for Fears. Pero también descubriríamos aquí la tristeza planeante y sintetizada de April 5th, el sollozo con ropaje de órgano para Give it up, las punzadas del recelo en I don’t believe in you. No, el color de esta primavera no daba para muchas alegrías. Pero su sonido, abrumador, nos dejó ya para siempre una huella como las del Paseo de la Fama. Aunque Mark y sus amigos se volvieran cada vez más sombríos e inescrutables; alejadísimos luego, a la altura de su obra maestra final (Laughing stock, 1991), de cualquier atisbo de pop amoldado a las convenciones.

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