Aquel primer capítulo de este “Color de la primavera” debía tener truco, indudablemente. Parecía que nos encontrábamos ante un álbum afable y su apertura lucía el eufórico título de “Happiness is easy”, pero era evidente que el tono compungido de Mark Hollis, esa especie de plegaria para abrirse las carnes, no era la más nítida representación de que la felicidad fuera cosa sencilla. Y a todo esto, un coro infantil salpicaba la pieza -tristísima, bellísima- con unas voces más desafinadas e inquietantes que propias de un mundo ideal para querubines. El resultado era fascinante, como el resto de un álbum de solo ocho piezas, algunas en el entorno de los seis minutos, y con abundantísimas hechuras de obra maestra. Talk Talk venían de un debut para nuevos románticos evanescentes, en la estela de Duran Duran (“The party’s over”, 1982), y una segunda entrega ya algo más sofisticada (1984), con ese “It’s my life” que servía de título y faro en el camino del éxito. Pero este tercer álbum era una explosión. Mark sollozaba, relataba los vaivenes de las relaciones en un balance siempre más próximo a la apoplejía y la pesadumbre que al destello. Los londinenses podían optar aún a las radiofórmulas y el sonido ampuloso de “Living in another world” quedaba, percusiones y armónica mediante, a solo un paso de Tears for Fears. Pero también descubríamos la tristeza planeante y sintetizada de “April 5th”, el sollozo con ropaje de órgano para “Give it up”, las punzadas del recelo en “I don’t believe in you”. No, el color de esta primavera no daba para muchas alegrías. Pero su sonido, abrumador, nos dejó ya para siempre una huella como las del Paseo de la Fama.

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