Pocas bandas sonoras encontraremos más adecuadas para abordar los primeros compases del verano y las celebraciones del Orgullo que este Dancing on the wall, una divertida expresión sobre la invisibilidad en la pista de baile para quienes gozan de poco éxito en el arte de dejarse ver para seducir. Desde Los Ángeles, el trío femenino MUNA sigue ejerciendo como una poderosa máquina para sacudir el esqueleto al tiempo que las letras y referencias conjugan el hedonismo con la mirada incisiva, a veces incluso afiladísima. Porque la cantante Katie Gavin y sus fieles aliadas Josette Maskin y Naomi McPherson (esta última, además, tomando las riendas de la producción) no se achantan a la hora de reflexionar sobre el pavor que les produce la segunda y más agudizada era trumpista, la aberración del cambio climático o el vértigo de la soledad después de una noche de frenesí. En ese sentido, So what es todo un relato valiente sobre cómo personas de toda clase, procedencia y generación abrazan en vano el escapismo para luego reencontrarse con sus propias miserias a la mañana siguiente.
La música de baile con trasfondo ácido, amargo o incisivo se ha convertido ya casi en un subgénero (que le pregunten a nuestros barceloneses Dorian) dentro del dance, el synth pop y demás formulaciones propias de la cultura de clubes. Dancing on the wall es en ese sentido un ejemplo canónico: un trabajo sudoroso y sexy, pero también denso, oscuro, incluso revirado.
Es difícil imaginar mejor candidatura a canción del verano (aunque no llegará a los chiringuitos) que la adictiva y ardorosa Eastside girls, una eclosión de carnalidad y hedonismo. Y tampoco encontraremos retratos mucho más palpitantes sobre estos tiempos de calorina que It gets so hot, aunque sus referencias a las subidas del mercurio también sirven como crítica a la catástrofe medioambiental en la que nos vemos inmersos. Porque nada es del todo inocuo en un disco muy gozoso pero de poso nada frugal: cuando las agujetas se apoderen de nuestras articulaciones, será el momento en que nos quedemos pensando qué cosas merecen la pena y cuáles no tanto.
Las tres artífices de MUNA completan así una cuarta entrega valiente e incisiva, el refrendo de lo que en 2022 había supuesto su álbum homónimo, MUNA, y sobre todo el single Silk chiffon. Aquella colaboración con Phoebe Bridgers les abrió las puertas al sello discográfico de esta, Saddest Factory, y propició que el trío coincidiera en los escenarios con megaestrellas como Lorde o la mismísima Taylor Swift. Toda aquella expectación se multiplica ahora desde una perspectiva audaz e inquietante, como reflejan la agridulce Wannabeher o la demoledora Big stick, donde no dejan títere con cabeza: desde la manipulación mediática a la progresiva militarización de la sociedad estadounidense y el bochorno histórico y mundial de la matanza de chiquillos palestinos. Son apenas dos minutos y medio: robóticos, amargos y sin respiro. Echándole bemoles.