Castora Herz es el sobrenombre artístico que asume un productor palentino que emigró durante una larga temporada a Berlín, se familiarizó con la enloquecedora escena de clubes y música electrónica de la capital alemana y, por estas cosas de la perspectiva y la nostalgia, comprendió a varios miles de kilómetros de distancia que echaba de menos la música del terruño. A partir del homenaje nominal a su abuela Castora, que bordeó en este pasado 2025 la condición de centenaria, Herz regresa a la villa palentina de Ampudia con la intención de integrar las enseñanzas adquiridas y asumidas en esos dos planos geográficos y estéticos: la noche berlinesa, que le condujo incluso a fundar en 2019 la compañía Samain Music, y la tradición folclórica de Palencia y, por extensión, buena parte de la geografía castellanoleonesa, un legado colosal que ha ido recopilando por pueblitos y a través de cancioneros y grabaciones pioneras de tantos otros etnofolcloristas que, por fortuna, en el mundo han sido.

El resultado es una colección de 15 tonadas enraizadas hasta los tuétanos, de sus buenos cinco siglos hasta esta parte, pero reinventadas de manera no ya enérgica y contemporánea, sino incluso radical, porque puede que nunca esos bailes y formas de la tradición con los que nos hemos ido familiarizando con el tiempo (jotas, seguidillas, ajechaos, corrillos, bailes charros) hubiesen estado tan próximos como aquí al espíritu de las raves. Toma nota, Óliver Laxe: hemos oído hablar en estos últimos lustros de la folktrónica, que aquí en un momento dado se redefine con la bonita expresión de “electrónica rural”, pero ninguno de los practicantes españoles que pudieran venírsenos a la cabeza (Mondra, Rodrigo Cuevas, Fillas de Cassandra, Budiño, Dulzaro, Karmento, Vicente Navarro) habían llegado tan lejos a la hora de hermanar a nuestros tatarabuelos con las pistas de baile y la herencia makinera.

El resultado es impactante, el fruto de un empeño que admite pocos titubeos. Puede sonar algo extraña la decisión de abrir el álbum con una especie de manifiesto fundacional, La llamada del subgrave, que demora el comienzo real de la sesión pero adjudica sus pertinentes puntos a todas las íes (“Es la llamada del subgrave, es la llamada del futuro / para que despierten todas las anteriores vidas que habitan en vuestros cuerpos ocultos”). A partir de ahí, el sabor inequívoco de la calle y el pueblo en las tonadas colisiona de manera frontal con una renuncia premeditada a las sonoridades orgánicas. Asistimos, a grandes rasgos, a una convivencia bien avenida entre la máquina y las percusiones terruñeras, pero no hay instrumentos acústicos sino una panoplia de teclados, sintetizadores y, en todo caso, theremines.

El poder entre evocador y agreste de la tierra castellana, entre el lirismo y la aspereza, cobra así cuerpo, vida y valor simbólico durante estos Cien años de Castora, que aporta de paso un sabrosísimo libreto con explicaciones detalladas sobre el origen de las tonadas y esbozos etnomusicales sobre ingredientes clásicos, desde el porqué de las botellas de anís al irresistible hechizo simbólico de las lechuzas. Colaboraciones varias enriquecen el menú, desde Delameseta a María Alba (El Naán, que no podían perderse un sarao así) u otros nombres propios aún menos difundidos: Cristina Len, Yoel Molina (Casapalma), Miguel “Sator” Sánchez, Diego Baeza, María Sotelo. Son muchas fuerzas y sinergias remando en la misma dirección, la del riesgo y la audacia. Cien años… puede que no le sirva a todos los paladares, pero encierra una voluntad de indagación e innovación encomiables.

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