No ha abusado Bruce Springsteen de la fórmula (o el comodín) del álbum en directo en su ya extensísima discografía, al menos si no tenemos en cuenta en el cómputo las abundantes noches más o menos históricas que solo ha difundido de manera restringida a través de su web oficial (live.brucespringsteen.net: cerca de 350 grabaciones). Pero puestos a incorporar un título en directo a la colección, este testimonio íntegro de lo acontecido el 15 de septiembre de 2024 en ese legendario y fundacional Asbury Park adquiere un voltaje emocional superlativo, sencillamente maravilloso.

El reflejo de lo vivido aquella noche ante 35.000 devotos precisa, claro está, del formato extraordinario de un triple cedé, puesto que el gran Jefe, a ocho días de celebrar su cumpleaños número 75 en el momento de la grabación, sigue imperturbable en esa asombrosa costumbre suya de no bajarse del escenario antes de las tres horas y pico de concierto. Y la panorámica completa de aquella cita merece muchísimo la pena, porque la manufactura de Springsteen y su E Street Band vuelve a ser fabulosa, para no perder la costumbre, pero sobre todo porque el repertorio escogido es muy atípico y el vínculo del artista con su ciudad natal y el lugar donde nacieron sus composiciones más remotas no tiene comparación posible con ningún otro rincón del planeta.

Con la playa a un paso, aquella última noche del festival Sea.Hear.Now representaba el regreso del hijo pródigo a su Nueva Jersey natal y al rincón concreto del mapa que romantizó en aquel debut discográfico que medio siglo largo atrás desató tantas expectativas como frustraciones en el cuartel general de la CBS. Es bien conocida la circunstancia de que tanto Greetings from Asbury Park, NJ (1973) como su prolongación, The wild the innocent and the E Street shuffle (1974), son, pese a sus evidentísimas excelencias, un par de obras que quedaron muy por debajo de las expectativas comerciales del momento y colocaron a su hoy mítico firmante en la encrucijada de acertar de cara a 1975 con el formidable Born to run si no quería arriesgarse a perder el contrato discográfico que había avalado en 1972 el ilustre productor y cazatalentos John Hammond. En un reencuentro tan emotivo con el lugar donde comenzó todo, Bruce y su distinguidísima muchachada –ampliada para la ocasión hasta la mareante cifra de 18 efectivos– abordan un total de 30 títulos, entre ellos, y aquí viene la gozosa rareza, cuatro del álbum de debut, tres del segundo elepé y un descarte de la época, aquel Thundercrack que debió figurar en el primer álbum y no conocimos hasta el cuádruple disco de descartes Tracks (1998). Son ocho cortes infrecuentes y sensacionales, canciones poco trilladas que aquí recuperan legitimidad y esplendor.

Resulta conmovedor intuir a un Springsteen casi nervioso e inseguro en este reencuentro con sus páginas primerizas y poco habituales en los directos, acaso con la excepción de Rosalita (Come out tonight), relegada significativamente al tramo final de la noche, encapsulada en plena avalancha entre Born to run y Dancing in the dark, nada menos, antes de rematar la faena con la volcánica 10th avenue freeze-out (el cierre más habitual de los últimos años) y dos versiones muy sentidas: el divertimento de Twist & shout y el rendido homenaje al Tom Waits de Jersey girl. Pero antes de todo eso, en el primer tramo de la velada, han acontecido Blinded by the light, Spirit in the night, E Street shuffle e incluso Does this bus stop at 82nd Street, justo antes de ese Growing up que seguramente merezca la consideración como primera gran obra maestra en el catálogo de nuestro protagonista.

Live from Asbury Park, 2024 no consta por ahora en las plataformas y su versión en cinco vinilos, un sueño para cualquier fetichista de la religión springsteeniana, se restringe a una edición especial (y, en consecuencia, carísima y de difícil localización) para el Record Store Day. Pero que nadie se vuelva loco: estos tres cedés son soberbios y la entrega, frente a los escépticos en torno a las grabaciones en directo (que no son pocos), bien merece la consideración de imprescindible. Ha dicho The Boss que la noche en cuestión figura “entre los cinco mejores conciertos” de toda su trayectoria, una catalogación tan indemostrable como verosímil. Y es imposible no reparar en la inmensa emotividad de todo lo que acontece sobre el escenario, con abundantes alusiones al terruño, el comienzo de los tiempos y esa enfática advertencia de que el cancionero escogido es muy poco habitual. A lot of stuff we haven’t played in a long fuckin’ time”, como especifica nuestro hombre en un momento dado.

Rindámonos ante la evidencia. Un concierto de Springsteen es una circunstancia superior en la escala de los grandes eventos a los que puede asistir un ser humano. Nosotros no estuvimos allí, en Asbury Park, al final de aquel verano de 2024, pero esta postal sonora de tres horas y cuarto representa un premio de consolación mucho más que satisfactorio. Escuchen el violín de Soozie Tyrell en Lonesome day o el dúo vocal con Patti Scialfa en la demoledora Tougher than the rest si es que aún les queda algún resquicio para la duda.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *