Ni placeres culpables ni gaitas: a mí este disco me sigue sugiriendo un gustirrinín algo más que legítimo. Pongo a girar The lexicon of love otra vez en el plato (permitidme esta vez la golosina del vinilo) y vuelvo a sorprenderme con su eclosión rítmica y festiva: el álbum incluye diez temas y casi la mitad gozaron de difusión como singles, pero podrían haberlo sido todos los demás.

 

La confluencia entre Martin Fry (un tipo de Sheffield que soñaba con ser como Bryan Ferry) y el productor Trevor Horn (que venía del zambombazo de Buggles y el fiasco de su efímera estancia en Yes) resultó espectacular. Los nuevos románticos se retrataron en esta maravilla despendolada de synth pop con cuerdas y metales: un irresistible artefacto para el baile y la sensualidad, una apoteosis de elegancia con pachulí.

 

¿Cómo negarle el pan y la sal a Tears are not enough, por ejemplo? ¿Y a Poison arrow? ¿O a la popularísima The look of loveHoy este trabajo puede resultar lejano en el tiempo –y en la memoria, sí–, pero rabiosamente entretenido y encantador. Y permite divertirnos cuando pensamos en el álbum que lo sucedió, Beauty stab (1983), a menudo considerado ejemplo canónico de “grupo que triunfa con su debut pero se pega el trastazo del siglo con el segundo disco”. Postdata: no estaba tan mal. Ah, y tampoco lo está, en absoluto, el inesperado The lexicon of love II, con el que ABC resucitó por sorpresa allá por 2016, cuando ya casi ni nos acordábamos de ellos.

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