No había que saber mucho inglés para entender aquel estribillo demoledor: “Eres tan vanidoso / que seguramente pienses que esta canción trata sobre ti”. Y tampoco se necesitaba un oído demasiado fino para descubrir que el hombre encargado de la segunda voz en “You’re so vain” era el mismísimo Mick Jagger, justo uno de los sospechosos como destinatario de aquellos versos envenenados. Ahora que se habla tanto del empoderamiento de la mujer  un concepto tan necesario como feúcho en lo terminológico , haríamos bien en reconocer a figuras como Carly Simon, algo desdibujada en eso que con cierta pompa denominamos “memoria colectiva”. Simon estaba en su esplendor en aquel mágico 72, un año tan propicio para la canción de autor y las producciones imperecederas. Componía como los ángeles, era guapísima y se disponía a contraer matrimonio con otro grande de la canción, James Taylor, al que se le dedica aquí otro éxito imborrable, “The right thing to do” (el antídoto amoroso y pletórico de “You’re so vain”). Carly acumula una producción vastísima que no retengo del todo bien en la memoria, sobre todo porque a partir de finales de los setenta sus álbumes se volvieron más rutinarios y desdibujados. Pero “No secrets” era (es) una maravilla adictiva e inmaculada. Lo produjo el impecable Richard Perry, que por entonces se las entendía con Harry Nilsson o Art Garfunkel, y que poco después conseguiría legitimar en solitario a Ringo Starr con “Ringo” y “Goodnight, Vienna”. Aquí utilizó una fórmula elemental: si Carly canta como los ángeles, pongamos a todos a su servicio. “Night owl” (¡ese saxo!) es dulce y flamígera al tiempo, “His friends are more than fond of Robin” exhibía una melodía preciosa, “When you close your eyes” era un romántico cierre canónico. Nosotros envejecemos; este disco no.

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