Ayer me animé, virgensanta, a reescuchar un disco de Kansas. Andan por casa los cinco o seis primeros, pero cualquiera de ellos, en una circunstancia así, tiene pocas posibilidades frente a este “Masque”, el tercero de la colección y el segundo casete que tuve en casa de crío. El primero fue el debut homónimo de Boston y el tercero, aquel “Grandes éxitos” de Chicago en el que todos aparecían como colgados de un andamio, haciendo el indio. No, ni tenía ningún bono descuento de la CBS, por cierto, aunque de aquella comencé a sospechar que los grupos importantes podían distinguirse de los que no lo eran porque llevaban nombres de ciudades. Luego mi hermano se hizo con “A new world record”, de la Electric Light Orchestra (¡más CBS!), y mi precaria teoría sobre las ciudades se fue al garete para siempre, más aún tras adquirir la certeza de que la ELO era la banda que más me gustaba de las cuatro. Pero los Kansas, oyes, tenían su puntito. Erlewine, el sabio de Allmusic.com, los pone de vuelta y media, y hasta puede que no le falte un punto de razón. Pero ese tal Stephen Thomas no creció amamantándose con “Masque”, casi seguro. No descubrió gracias a “The pinnacle” que las canciones, aunque casi siempre duraran tres minutos, a veces se disparaban hasta los ocho. No asumió con cariño el detalle de que un grupo progresivo y de estadio anduviera dando todo el rato la tabarra con el violincito, igual que Jethro Tull y su flauta. Erlewine: yo te entiendo, de veras, pero igual tú no del todo a mí. He vuelto a pasar tres cuartos de hora de lujo con esta antigualla desfasada, olvidada, que hoy no reivindicará nadie. Y no estaba nostálgico, sino receptivo. Solo eso. Y sí, dos años más tarde llegaría “Dust in the Wind” y aquello sí que subía el colesterol. Pero aquí tocaba “It takes a woman’s love (to make a man)”; tan anacrónica, tan divertida.

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