Además de su ortografía endiablada, que requiere (damos fe) desarrollar intensamente las viejas técnicas de ensayo y error, hay mucho que aprender y de lo que tomar nota en torno a este tercer álbum del trío de Texas. Un disco rutilante, de esos que sorprende en las primeras escuchas y asombra en las siguientes: encontraremos muchos, muchísimos detalles a lo que prestar atención una vez hemos superado el desconcierto inicial ante una peculiarísima paleta sonora en la que tan pronto se deslizan patrones de afrobeat como nos entregamos a la lisergia o podemos imaginarnos en la pista de baile con una gigantesca bola de espejos girando sobre nuestras cabezas.

 

Khruangbin son así de eclécticos, plurales y dispares, sí. Y en ello radica el grueso de su encanto. A la altura de su segundo elepé, Con todo el mundo (2018), podíamos catalogarlos como una banda mayormente instrumental que anhelaba servir como banda sonora en las boutiques más codiciadas: un simpático batiburrillo de sonoridades vagamente exóticas y viejunas para seducir a un público refinado y moderno. Aquel anhelo pervive aquí en cortes como Father bird, mother bird, tres deliciosos minutos sin palabras que servirían como cara B para Albatross, de Fleetwood Mac. Pero a la coctelera se le añade esta vez, de manera definitiva, el hasta ahora tímido componente vocal. Y el resultado es terroríficamente seductor.

 

Puede que el punto de inflexión lo aportara Texas sun, el inesperado EP de cuatro canciones junto a Leon Bridges –el joven ídolo del retro soul– con el que Khruangbin nos sorprendieron a principios de esta temporada. Aquella intersección implicaba multiplicar la dimensión de los hallazgos con que los texanos jugaban ya de entrada. Ahora escuchamos If there is no question y el paisaje es fascinante: las guitarras perezosas y pletóricas de reverberaciones, la voz etérea y narcótica de la bajista Laura Lee, ese territorio indefinido entre el funk, la psicodelia, el dub o la música ambiente.

 

Lo mejor de Khruangbin es que desafían al más fino algoritmo y no permiten las asociaciones artísticas evidentes. En un mundo de clónicos y compartimentos estanco, ellos escapan a la categorización. Provienen de su exótico amor por el rock de Tailandia (como Dengue Fever por el camboyano), y de ahí que se bautizaran con el término tailandés para “motor volador”. Pero en este tercer capítulo de su fascinante historia hay al menos tres motivos para volarnos la cabeza. Uno es So we won’t forget, soul con guitarras de afro-pop y bajos octavados: lo más bailable que escucharás en el verano de 2020. Otro es Pelota, una delirante (y maravillosa) rumbita en castellano con el acentazo de Lee, a la que los ancestros mexicanos le sientan fenomenal. Y el último lo encontramos con Time (You and I), que nos remiten a imaginar una sesión furtiva de Chic un día que por el estudio de grabación abundaran sustancias propensas a las travesuras. Y no, no hablemos de batiburrillo. Al final, después de las múltiples escuchas que el adictivo Mordechai merece, Khruangbin solo suenan a Khruangbin.

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