No era el más joven ni fotogénico, pero ningún debut nos gustó tanto en 1991 como esta entrega homónima de Marc Cohn. Un perfecto desconocido, un cantautor barbudo del que no existía referencia previa, se ponía al frente de una formación con órgano Hammond y coro góspel para dar forma a “Walking in Memphis”, una tarjeta de presentación como ningún amante de los sonidos adultos podría imaginar más óptima. Cohn refrendaba que el pop se podía llevar divinamente con el piano, como cinco años antes nos había avalado Bruce Hornsby, y encima honraba el mito de Elvis con mucho más tino que aquel descolorido “Calling Elvis” con el que Dire Straits regresaron en ese mismo 91 para desvanecerse ya definitivamente. “Marc Cohn” iba mucho más allá, reunía 11 canciones sin flancos débiles entre las que primaban los tiempos medios ligeros (“Ghost train”), las baladas soul (“Dig down deep”), los esbozos minimalistas (“Strangers in a car”) y la rendición amorosa de “True companion”. Ese era el cierre de seda para un trabajo impecable, asombrosamente atemporal: tanto, que parecía nacido a caballo entre los sesenta y setenta y del que hoy, casi tres décadas más tarde, seguimos disfrutando como los chavalillos que éramos y ya nunca seremos. Poco después se granjeó cierta popularidad un canadiense estupendo que recordaba a Cohn y al que acabaríamos perdiendo la pista: Marc Jordan. Con Marc sucedió algo parecido: comenzó a espaciar las secuelas, que en ningún caso enamoraban como este estreno (“The rainy season”, en 1993; “Burning the daze”, en 1998; “Join the parade” en… ¡2007!), y no sabemos de él desde 2010, con una tibia colección de versiones de su año favorito, “Listening booth: 1970”. Pero “Marc Cohn” no se nos desdibuja de la memoria. Ni un poquito.

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