¿Cómo olvidar el impacto que nos provocó a tantos, por no decir a todos, el estreno de Tracy Chapman? Por favor, atrévanse a hacer memoria. A mí me vienen a la cabeza, nítidas, aquellas noches en los garitos (pre)universitarios de Metropolitano o Guzmán el Bueno en los que el pinchadiscos recurría a “Fast car” como garantía de catarsis. Palabra. El pellizco sobre una guitarra acústica como sinónimo de alborozo, coraje, llamada a la acción. Electricidad, incluso, aunque incurramos en flagrante paradoja. Pero la propia Tracy era paradójica desde el momento mismo en que contravenía todas las convenciones, no se adecuaba a nada de lo que podíamos barruntar. A mí me volvía loco el comienzo de este álbum, “Talkin’ about a revolution”; en particular, ese segundo verso, “… but it sounds like a whisper”, que la Chapman abordaba, efectivamente, susurrando. No lo habríamos sabido explicar entonces, pero era la confluencia perfecta entre contenido y continente. Igual que tampoco acertábamos a comprender el gesto de dignidad y sufrimiento de esta mujer de las camisetas de tirantes, mucho antes de que estuviéramos familiarizados con el 8M, el empoderamiento, la segregación racial, la causa arcoíris. Este debut homónimo aunaba fuerza, rabia, lirismo, talento. Era una revelación. Daba un manotazo en la mesa a la América de Reagan, aunque entonces aquello fuera complicado de advertir. Y encima incluía aquella balada pluscuamperfecta, “Baby can I hold you”, con la que hasta parecía fácil enamorarse y ser correspondido. Yo sentía debilidad por la cara B, sobre todo gracias a “If not know”, y seguí disfrutando de Tracy con el difícil-segundo-disco, “Crossroads”, y hasta con alguno posterior, como “Telling stories”. Pero nunca el enamoramiento es como la primera vez. Y en rara ocasión es prudente, o aconsejable, la reincidencia.

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