A Mercedes Peón la habríamos presentado hace 15 o 20 años como gaitera y etnógrafa, una investigadora del medio rural que recogía tonadas de aldea en aldea, esa labor fascinante a pie de campo con la que todos los herederos de Alan Lomax han conseguido salvar del olvido millares de melodías que nadie se tomó la molestia de registrar o transcribir. Entrados en 2018, sin embargo, describir a esta coruñesa de cráneo rapado se vuelve más complejo, porque Mercedes no para de crecer en experimentación, radicalidad creativa, espíritu libérrimo y transgresor. “Déixaas” es folk de vanguardia o tal vez vanguardia pura, es un delirio trepidante ante el que nadie podrá quedarse impasible. Porque no hay cuerpo que no se cimbree, siquiera un poco, ante una sacudida así. En su obra anterior ya había jugado la de Oza de Ríos con la conjugación de folclor y electrónica, y es imposible olvidar el impacto al respecto del seminal “Isué” (2000) o “Sihá” (2007). Sucede ahora que el ingrediente galaico, o tradicional, o telúrico se diluye a favor del pálpito de la máquina, con lo que la sensación ante sacudidas como “Mk” es de vértigo: no hay asideros térreos, sino puro levitar tecnológico. Los ingredientes de entregas pasadas siguen ahí, reconocibles; que nadie piense en un álbum inescrutable. Pero Peón llevaba siete años sin publicar, desde “Sós”, y ha debido de considerar que debía doblar la apuesta. “Déixaas” es inmensamente fabril, febril (se nutre de sonidos de astilleros) y, a la vez, femenino (y feminista). Podemos pensar en Björk, por hacernos una idea, pero sería una referencia incompleta: en comparación, la islandesa parece una intéprete de canciones de cuna. En Mercedes todo es indagación. Todo, valentía.

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