La cantinela más extendida entre la melomanía oficial señala que el único Rod Stewart genuino, pletórico y legítimo es el de sus años jóvenes en Mercury. Y es cierto que muchos de esos cinco primeros álbumes fueron arrebatos magistrales (Gasoline alleyNever a dull moment…), pero no menos que su culminación de la década de los setenta, una vez materializado su salto a Atlantic (no es casualidad, claro, que la primera entrega de la nueva etapa se titulara Atlantic crossing), aún hoy corta el hipo con su brutal conjugación de honestidad y empuje, músculo y corazón. Un equilibrio que quizá nunca fue tan inspirado como en esta Noche en la ciudad, obra luminosa y proteínica como pocas, aunque no siempre bien recordada.

 

Ya había amagado Roderick David Stewart en Atlantic crossing con una curiosa distribución del repertorio, dejando la cara A para el material más animado y la B para el baladístico. La estrategia se abraza de manera más nítida esta vez, aunque con las tornas cambiadas: el primer lado es ahora el sosegado y el segundo, el más descaradamente roquero. Los éxitos cayeron de la cara A; la adrenalina, de la B. Y el equilibrio es fantástico.

 

Tonight’s the night es la quintaesencia de la balada para cena romántica que acabará indefectiblemente entre sábanas, mientras The balltrap adelanta el hard rock desbocado que un año más tarde exhibirá Hot legs. La guerra de versiones cae del lado de The first cut is the deepest, encantadora lectura de una balada ya fabulosa de un jovencísimo Cat Stevens; pero recordar Pretty flamingo, de Manfred Mann, fue sin duda una buena idea. Y The wild side of life (en origen, una pieza vaquera de Hank Williams) hacía desmelenado honor a su título, pero su equivalente sosegado era imbatible: The killing of Georgie, original del propio Stewart, es un emocionantísimo homenaje en dos partes, casi como una pequeña suite con deje dylanita, a un amigo víctima de un asesinato homófobo. Y la emotividad de la pieza es doblemente valiente en el caso de un hombre del que siempre se ha subrayado su insaciabilidad hetero.

 

La excepción en la hoja de ruta la aporta Trade winds, que cierra el telón retornando al sosiego sentimental con una melodía deliciosa, un ropaje lujoso (ese saxo, esos coros góspel) y un Stewart en estado de gracia interpretativa. Solo la sobreabundancia de sencillos explica que una preciosidad así haya pasado inadvertida en el repertorio de este hombre. Pero así se las gastaba el rubio en 1976: rutilante, bien rodeado en la Costa Oeste y abierto al reconocimiento comercial, pero también implacable con el control de calidad.

 

 

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