Para comprender la enormidad de este primer álbum con la firma de Stephen Stills en la portada, conviene empezar por contextualizarlo. El rubiales texano que empuña su guitarra entre la nieve y ante la atenta mirada de un peluche de lunares –promesa de un disco intimista y callado que no es en absoluto– acababa de asistir al derrumbamiento de Crosby, Stills, Nash & Young tras el fabuloso Déjà vu, pero a sus 25 añitos ya había tenido tiempo de liderar, madre mía, Buffalo Springfield, y hasta de participar en un duelo de luminarias junto a Mike Bloomfield y Al Kooper. Pese a todo ello, las nuevas ideas brotaban en perfecta ebullición.

 

Todo el mundo recuerda el tema inaugural, el contagioso Love the one you’re with, que termina con ese tarareo tan característico que ya habíamos escuchado en Suite: Judy blue eyes. Pero a partir de ahí, la avalancha. La cuota acústica la cubre la delicadísima Do for the others, donde Stephen se encarga de todo y entrega unas guitarras de terciopelo. Church (Part of someone) se adentra en el góspel con magníficos resultados, justo antes de la sacudida de rock duro para Old times good times, donde la guitarra principal la asumía un tal Jimi Hendrix, fallecido un par de meses antes de que este vinilo viera la luz. Y para mantener el tipo al finalizar la cara A, la guitarra invitada para Go back home era cortesía de otro chico sin apenas importancia, Eric Clapton, en su salsa para un blues eléctrico en el que Stills exige una garganta más rasposa de lo que nunca imaginamos.

 

Así de brutal resultaba todo en esta obra en estado de gracia, con otro blues en la cara B (ahora acústico y registrado en directo, Black queen), un par de sedosos medios tiempos (To a flameSit yourself down), la eclosión de metales en Cherokee (muy cerca del universo de Traffic) y la apoteosis coral en We are not helpless, arrebatos de velocidad incluidos. Es insólito mencionar todos los cortes en una reseña, pero aquí no había manera de prescindir de ninguno.

 

Solo incomoda pensar que a un hombre de creatividad tan incontenible se le agotara pronto la gasolina. Transcurrida la primera mitad de la década, sus aportaciones al catálogo son mínimas. E incluyen algunos discos (Thoroughfare gap, en 1978, o Right by you, de 1984) tan mediocres que habíamos de frotarnos los ojos para reconfirmar que el nombre de portada era el mismo que el de la nevada estampa ofrecida aquí.

 

 

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