Persiste con Steve Hackett una cierta aureola de hermano pobre dentro de la familia de Genesis. En 1975, cuando Peter Gabriel determinó que abandonaba el grupo, pareció el anuncio del apocalipsis, muchos dieron por hecho que aquello era el fin y, tras probar a docenas de candidatos, la opción de que Phil Collins asumiera la voz cantante pareció una alternativa tan audaz como desesperada. Y el caso es que funcionó a todos los niveles, como sabemos todos; en particular, desde el punto de vista comercial. Un par de años después, cuando el portavoz del cisma resultó ser Hackett, nadie se inmutó. A fin de cuentas, la banda disponía de un segundo guitarrista, Mike Rutherford, y había margen para tomarse a guasa la nueva deserción titulando su siguiente álbum And then there were three (1978), una suerte de “Nos hemos quedado en tres”. Pero el verdadero peso específico de Steve quedó claro cuando vieron la luz estas Mañanas espectrales, netamente superiores al recién mencionado trabajo de sus excompañeros y, de alguna manera, un álbum perdido de Genesis. Porque solo al escucharle por su cuenta reparamos en lo mucho que el tímido caballero londinense había aportado a la morfología de su antigua formación. Hackett siempre pareció el chico casi invisible que pasaba por ahí: sufría pánico escénico en los primeros años; tocaba sentado y encogido con Genesis, como si los miles de espectadores no fueran con él, podría ejercer de virtuoso y no ha querido serlo jamás, y, por supuesto, casi nunca se anima a cantar. En este tercer álbum solo lo hizo para The ballad of the decomposing man, de finalidad más cómica que trascendente, otro indicio de que, sabiéndose arquitecto de grandiosidades, nunca quiso perder los pies en tierra ni el sentido del humor. Pero The Virgin and the gypsy, con la modosa voz de Peter Hicks, era una joya pastoral que habría encajado de maravilla en Wind and wuthering (1977), su última contribución a la causa de Genesis. Hackett era el abanderado de la épica amable. Every day electriza sin abrumar; la maravillosa Clocks – The angel of mons, con tanto ingenio como Pink Floyd en Time, pasa del cielo al infierno en segundos y Tigermoth era una joya surgida de las tinieblas. Spectral mornings tiene hoy algo de disco definitivo: la constatación de que el chico discreto era, además, un inmenso hechicero. Y el más currante de todos: con Phil Collins, Mike Rutherford y Tony Banks hoy casi retirados, él sigue, veintitantos álbumes después, en la brecha.

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