Bastan 20 segundos, exactamente la tercera parte de un minuto, para enamorarse de este disco y, por extensión, de sus firmantes. Coloquemos la aguja al principio de todo, en la introducción de Wait: ese piano orondo de boogie, la entrada de la guitarra, el redoble para cargar la batería, un “Come on” urgente avisando de que la maquinaria se encuentra a punto de entrar en ebullición, el soplo nervioso de la armónica (Magic Dick, un salvaje), el ritmo a todo gas. Y en el segundo 21, al fin, el primer verso que nos comparte el bueno de Peter Wolf, el ardoroso vocalista del colectivo: “I went down to the local bar…”. Entrarían muchísimas ganas, en efecto, de acodarnos en la barra y embadurnarse en la grasa que exhudaban estos seis tiparracos de Worcester, Massachusetts.

 

El guitarrista neoyorquino John Geils Jr. era el encargado de dar nombre al sexteto y de enseñar con alguna frecuencia los dientes, pero como pesos pesados ejercían Wolf y el teclista Seth Justman, responsable de las composiciones propias de la banda y de las siempre alborozadas (y alborotadas) segundas voces. Parece difícil no acelerar el paso, y hasta la frecuencia cardiaca, con Hard drivin’ man, uno de esos ejemplos perfectos de empeño trepidante, con el título repetido y coreado a voz en cuello en el estribillo. Igual que se hace complicado no balancear la cabeza con ritmo pesado y gesto de éxtasis con Serves you right to suffer, uno de esos momentos de hondura y solemnidad en el que el ascendente de los Rolling Stones pasa por el tamiz del mismísimo John Lee Hooker, su evidente autor original.

 

Ambas, Serves you… y Hard drivin’…, servirían un par de años más tarde como representantes de este primer elepé en la tarjeta de presentación de la banda en directo, “Live” Full house. Pero también sería muy emocionante escuchar encima de un escenario First I look at the purse (una rareza de Smokey Robinson para The Contours), con el bajo marcando el ritmo a tumba abierta; o What’s your hurry, una incursión aún más nítida en el soul influido por la Motown (a renglón seguido, On borrowed time refrendaba que los chicos también seguían con devoción los discos de Otis Redding).

 

Son apenas 34 minutos y se pasan en un vuelo, porque nuestros seis amigos no bajan la guardia ni un momento. Ni siquiera en el par de instrumentales que deslizan casi al principio (Ice breaker) y justo al final, Sno-cone, con un patrón de batería que casi cita el de Sympathy for the devil, de sus adorados Stones. Si en algún momento nos fallan las energías, recetémonos los 120 minutos exactos de Pack fair and square. Eso cura a cualquiera.

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