Existe un consenso abrumador en torno a los dos primeros discos de The Pretenders  más aún en lo concerniente al debut  como trabajos decisivos en la reactivación del rock con protagonista femenina. Acontecieron en un momento de sobreproducción de testosterona, el advenimiento del punk a finales de los setenta, lo que acrecentaba su valía. Pero admitiendo la excelencia de ambos trabajos, el corazón y su pálpito se nos decantan aquí por la tercera entrega de Chrissie Hynde y su muchachada, conmovida una vez más por los desgarros de la desdicha: si tras el primer álbum la banda había perdido para siempre a James Honeyman-Scott, el pasmoso guitarrista original, ahora se sumaba el llanto por la ausencia eterna del bajista Pete Farndon. Era un terrible maleficio ante el que más de uno habría sentido la tentación de doblegarse, pero no fue el caso, por fortuna, de Hynde. Qué va: ella parece contemplarnos con una mezcla de rabia y desdén desde casi el centro de la imagen. Después de tanta tragedia, un título como Aprendiendo a gatear, que no se correspondía con el de ninguna de sus canciones, sugería una vuelta al casillero de salida, un rearme. Y esa batería seca de Martin Chambers para abrir Middle of the road, esos primeros segundos de percusión chulesca y furiosa justo en el comienzo del álbum, siempre me parecieron un aullido de orgullo y reivindicación, un fabuloso regreso a la primera línea del frente. Learning… era adictivo porque lo abarcaba todo. Intuyo que nunca llegaría a cansarme de Back on the chain gang, uno de los sencillos más pluscuamperfectos que ha concebido el ingenio humano, pero incluso la ternura navideña del otro gran éxito del disco, 2000 miles, resultaba muchísimo más entrañable y conmovedora que almibarada. My city was gone recuperaba el tono rudo para rememorar el Ohio natal de Hynde, que además tuvo la habilidad de deslizar una versión de un clásico soul de The Persuaders, Thin line between love and hate, que consiguió hacer más propio que prestado. No hay manera de liberarse del abrazo de esta obra maestra sobrevenida; tampoco hay ninguna necesidad de hacerlo.

 

 

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