A Zoé aún los asociamos casi instintivamente con Vetusta Morla, por aquel curioso fenómeno de padrinazgo recíproco que protagonizaron durante años: los autores de Copenhague difundían el trabajo de sus amigos de Cuernavaca como teloneros por España, mientras los norteamericanos, auténticos ídolos locales, hacían otro tanto con los madrileños al otro lado del charco. Pero a estas alturas el sofisticado quinteto mexicano no necesita de mayores cartas de recomendación para seducir con su fina filigrana. Y menos aún con este disco, abrumador en lo sonoro e instantáneo en su vertiente más pop, pero siempre intrépido en su esfuerzo por huir de estrofas y estribillos que se vean venir a kilómetros de distancia.

 

Sonidos de karmática resonancia, título con ínfulas y pedigrí, se presenta adictivo en la primera mitad y sensiblemente más circunspecto en su cara B, una dualidad a la que a buen seguro no sea ajena la circunstancia de que nació en plena euforia prepandémica pero acabó adentrándose en los meses más oscuros para la historia reciente de la humanidad. Lo mejor es que las dos vertientes anímicas acaban complementándose y enriqueciéndose de manera recíproca. Popular es un arranque indie y fulminante, Velur sugiere un viaje en el tiempo hasta los años ochenta (más aún con ese bajo inspirado en The Cure) y Karmadame exhibe un synth-pop logradísimo, más aún con ese falseque que a León Larregui le permite acentuar la ambigüedad de versos como “Fui tu mujer, fui tu hermano, fui tu árbol”.

 

Inmersos en una suerte de estado de gracia, los muchachos aciertan con las voces al unísono de El duelo, un medio tiempo etéreo y refinado, y la turbulencia de esos teclados psicodélicos en SKR, acrónimo del tema titular. Y nos abocan al vuelco súbito en el comienzo de la segunda mitad, con la contemplativa Canción de cuna para Marte y la también muy sosegada y sentimental Tepotzlán, confesión de amor paternofilial por parte de Larregui.

 

Ambientes, melodía, seducción. Esa es la fórmula reconcentrada de Zoé, una banda que parece muy lejos de experimentar el agotamiento de la longevidad artística. El año 2020 se ha convertido en un reto universal, pero estos cinco güeyes salen nítidamente reforzados.

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