Para quienes tengan el nombre en la punta de la lengua pero no acierten a ubicarlo, de Jay Buchanan llevamos casi un par de décadas pendientes en su condición de cantante y hombre fuerte en Rival Sons, una de esas formaciones resultonas que aplica un blues-rock musculoso, inapelable y rico en aristas, una banda enérgica y correosa que siempre le sienta bien al cuerpo para enardecer los ánimos sobre las tablas y que, de hecho, también se ha granjeado la vitola de teloneros ilustres abriendo los espectáculos de viejos colosos como Alice Cooper o AC/DC. Pero Buchanan ya había amagado con desarrollar una voz propia antes de incorporarse a los Sons en 2008, un periodo formativo del que quedan rastros como un EP al que casi nadie prestó atención y un álbum en formato de banda pero bajo un nombre que no dejaba dudas en torno al liderazgo: Buchanan.
Con todo, este Weapons of beauty representa en puridad el estreno absoluto de Jay Bartholomew Buchanan como artista en primera persona, así que tenía toda la lógica que nuestro californiano de San Bernardino buscara diferenciarse de lo demostrado hasta la fecha como ídolo de pabellones. De ahí el volantazo estilístico y hasta estético, como evidencia ese retrato con poncho y sombrero de tipo fedora (con pluma incorporada, eso sí) que ilustra la portada y se convierte en hilo conductor en toda la puesta en escena de todas estas Armas de belleza que hacen sobrado honor a su enfático –pero muy merecido– título. Porque, en abierto contraste con esa pose más ruda y sudorosa que le conocíamos, estas 10 composiciones en nombre propio nos muestran a un mocetón sentimental, enamorado y emocionante.
Lejos del mundanal ruido y de la gloria que otorgan las multitudes, Buchanan se retiró a componer a los parajes áridos e infinitos de ese mismo desierto de Mojave por el que aparece vagando en los vídeos. Y en lugar del fiero colmillo eléctrico al que estábamos más habituados, se escora aquí hacia las orillas de un americana en el que los sonidos más próximos al country a menudo se suavizan con ese tacto poroso del soul de toda la vida. Sucede ya desde la primera perla de la colección, ese Caroline cadencioso, sentidísimo y abrasador que aspira a colocarse en el imaginario colectivo de los grandes baladones con nombre femenino que en el mundo han sido. Y lo refrendamos en el caso de True black, otra página de alto voltaje en la que la línea melódica se queda a un paso de aquel viejo The gambler, de Kenny Rogers. Nada menos.
Produce el cotizado e inquebrantable Dave Cobb (recuerden su mareante currículo: Brandi Carlile, John Prine, Sturgill Simpson, Chris Stapleton…), un hombre que, de hecho, también ha dirigido a Buchanan en varias de las entregas de los Sons. Aquí lima las aristas y aporta un ecosistema más terso y mullido a un cancionero en el que Tumbleweeds funciona casi como una road movie en miniatura y Sway homenajea a la esposa del firmante con un fervor que se queda a un paso de sacarnos los colores. Hace bien Jay Bartholomew en huir de toda cortapisa, qué demonios. Weapons… coincide con su tarta de 50 cumpleaños y es el momento de exhibirse con orgullo y sin medias tintas, a diferencia de todos esos pudorosos que no compartan la fascinación por su nuevo estilismo.
En consonancia con ese mocetón desinhibido que acaba de incorporarse a la cincuentena, Buchanan remata la faena con dos movimientos inesperados: una versión eléctrica, sabrosa y libre de Dance me to the end of love, un prodigioso clásico de Leonard Cohen que aquí redescubrimos en versión vitaminizada; y, justo antes, un Great divide que no habría desentonado en los deslumbrantes años californianos de éxito planetario para Fleetwood Mac. Pocas bromas. Y tremendo vozarrón.