Conviene abrir paso ante la llegada de un nuevo álbum de Vermú, porque los albaceteños avalan con este tercer trabajo su candidatura a una de las bandas peninsulares más ilusionantes que ha alumbrado la década. Y lo refrendan con un ejercicio de orgullo autorreferencial, un álbum en el que bucean en su propio pasado para reivindicar los orígenes al tiempo que expanden de manera muy evidente su sonido, influencias y ambiciones.

Se han vuelto más desenfadados en su buena relación con la corriente eléctrica de lo que les habíamos escuchado hasta ahora en los ya deliciosos Cancionero estoico (2020) y Duelo de ronda (2023), una evolución a la que no deben de ser ajenos ni el tránsito de quinteto a trío en la alineación de la banda ni la presencia del siempre intenso, abrumador y guitarrero Manuel Cabezalí (Havalina, Monstruo Laberinto) a los mandos de una producción intencionadamente pomposa, rica también en mantos de sintetizadores (Víctor Cabezuelo, de Rufus T. Firefly, hace de las suyas en dos de los cortes) y empeñada en que cualquiera de los ocho cortes del breve álbum adquiera trazas de single potencial.

Lo de la parquedad con el cronómetro, esa media horita escasa de minutaje, es lo más característico de 2026 en un elepé que el cantante Daniel Toboso, el batería Antonio Martínez y el bajista Francisco Belmonte se dedican a sí mismos, “a los Vermú de 2008, a esos zagales que querían dar conciertos y grabar discos”. Y el bodegón de portada, esa colección de fetiches y amuletos de infancia, corrobora el empeño autobiográfico y emocional de unos chavales noventeros que crecieron entre casetes de Extremoduro, chicles Boomer, cromos de fútbol y el discman, el tamagochi y la Gameboy como los últimos gritos tecnológicos con los que compartir emociones con los colegas a pie de acera.

Hay una pátina barrial y generacional, claro que sí, pero el trasfondo más folkie y terruñero del que empezó haciendo bandera el grupo sobrevive en algún momento, en ese empeño suyo por “hacer canciones de barro y ser un botijero más”. De ahí el precioso espíritu acústico y confesional de La del Júcar, con su aire costumbrista, nostálgico (pero luminoso), identitario y sencillamente encantador. Y una pulla nominal y explícita a la figura tétrica de Jiménez Losantos, un posicionamiento valiente, indisimulado, que habla mucho y bien del que se autorretrata sin tapujos.

Añadamos en ese ámbito el aire de romance que alienta la nada medieval Bombas: melódicamente podría ser un himno de trinchera para el bando republicano de la terrible contienda fratricida, pero actualiza el argumentario para hablar de drones y de las calamidades contemporáneas que propician “viejos enfermos que han comprado la razón vendiendo el infierno”. Y no hay que ser muy imaginativos para pensar en esos dos mandatarios sanguinarios que se han propuesto incendiar el planeta con instintos imperialistas y genociados.

Como el salmón quintaesencia, acaso involuntariamente, el sonido de La Dama Se Esconde cuatro décadas después de aquella tierra de los sueños (aunque la alusión en su texto a aquellos “Son tus perjúmenes, mujer” remite aún más lejos, medio siglo atrás, y no la habíamos visto venir). Por los barbechos mira sin dudarlo hacia Latinoamérica, con todo el cariño y la admiración, pero sin ánimo de usurpar nada, sino de hermanar y compartir. Y Lagartos sustenta algo de ese pop pomposo para pabellones deportivos que ha homologado Viva Suecia, solo que en este caso con pátina cultureta (¡una reividicación a Eloy de la Iglesia!) y sin riesgo de apedreamiento digital.

Los zagales se erige así en un álbum fugaz pero sabrosísimo; inteligente, sagaz, ingenioso, comprometido con el yo pero también con el nosotros, profundo en su sentimiento crítico, pero también entrañable y alentador. Bewis de la Rosa aporta descaro descarnado al autorretrato de Los zagales, el tema titular, y El fiasco final deja en el último corte un regusto desencantado que en el fondo tiene algo de llamada a la acción, a inconformismo. Movamos el culo como ciudadanos, vienen a decirnos los de Albacete, igual que ellos lo hacen como músicos: evolucionando, pisando charcos, asumiendo riesgos y haciéndonos mejores personas.

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