El muy milenial concepto del friquismo le encaja como anillo al dedo a este cuarteto de ya no tan jovenzuelos, una formación madrileña que en España reivindica como nadie (es decir, desde la más auténtica y genuina soledad) la vigencia a estas alturas de siglo XXI de la exótica, el género polinésico que sirve para ponerle banda sonora a la cultura tiki, inspirada en esas grandes esculturas de apariencia humana que conocemos de tantos documentales o libros de aventuras. Las aguas del Pacífico y los archipiélagos de Oceanía nos pillan muy lejos, sin duda, pero el encanto mágico, misterioso y descaradamente hedonista y sensorial de estas músicas es instantáneo. Y ahí tenemos a Javier Díez Ena, zaragozano afincado en la metrópoli capitalina y recién incorporado a la cincuentena vital, para seguir embarcado en su quijotesco empeño de demostrar que ni todo está inventado en la música popular ni los algoritmos tienen que convertirnos necesariamente en oyentes dirigidos desde las oligarquías como pobres e indefensas marionetas.

Todo es tan pintoresco en el universo de L’Exotighost (el propio bautismo de la banda ya es bien elocuente) como refrescante, divertido, instantáneo, bailable y seductor. La fórmula de «ritmos exóticos, psicodelia retrofuturista y paisajes cinematográficos», en imbatible definición del propio grupo, se agudiza y perfecciona con este tercer álbum que desde su propio título incide en nuestra capacidad como seres humanos para viajar sin movernos del sofá (o, como mucho, balanceándonos suavemente en el centro del salón). Con independencia de lo mucho o poco que conozcamos de religiones neozelandesas o culturas ancestrales que sobreviven en regiones ignotas a muchos miles de kilómetros de nuestra vieja Europa peninsular, Díaz Ena se afana en sacudirnos la osamenta, ampliarnos las miras y alimentar nuestra curiosidad más allá de las trilladas y consabidas coordenadas de la cultura anglosajona. Porque en el reino de L’Exotighost el protagonismo recae en los ukeleles, los lapsteel, las percusiones de implantación tropical y, por supuesto, el repiqueteo de marimbas y vibráfonos. Revisen el manual de su coctelera y agítenla para maridar esta incursión por los hawáis de la mente con un combinado colorista y razonablemente cargado de alcohol.

En el centro de la ecuación, cómo no, este periodista y músico de vocación viajera sigue confiando en su colección de theremines, ese «singular cacharro con dos antenas que genera sonidos de ciencia ficción cuando el oficiante altera las ondas con el aleteo de sus manos en el aire». Díaz Ena no es ya el único en España, pero sin duda ostenta el título de mayor virtuoso de un instrumento que convierte la física –las ondas Martenot– en pura magia sonora. Piensen en esas pelis de ciencia ficción de serie B que les robaron tantas siestas en los años mozos: por ahí van los tiros.

¿Cómo no enamorarse de un proyecto así? ¿Cómo resistirse al hechizo de un trabajo que invita a soñar con los ojos abiertos, bailar sin rumbo fijo o embarcarse en un ejercicio de nostalgia sobre lo que ni siquiera hemos vivido ni conocido? Hawái está en tu mente tiene mucho de travesura de niños grandes, pero no deja de ser una cosa muy seria, documentada y sujeta a la planificación. En un momento vital de angustias y atropellos, L’Exotighost es una ventana a la evasión, la catarsis y el hedonismo. Un insólito oasis en mitad de nuestros colosos urbanos de hormigón y economía gentrificada. Una llamada cordial a cambiar el paso y dejarnos mecer –por qué no– por sensaciones mucho más placenteras de aquellas con las que lidiamos a diario. ¿Carnalidad sonora? Sí: digámoslo así.

Hanalei dawn es la manera de descubrir esa playa hawaiana, Surfin’ vistula vincula el surf y los ritmos tribales con el klezmer de los judíos errantes, Delicado nos descubre la obra del compositor brasileño Waldir Acevedo y el neoyorquino Martin Denny, gran padrino mundial de la exótica, revive con una lectura de su célebre Firecracker (1959), la pieza que dos décadas después serviría en Japón como espoleta creativa para la fundación de la fabulosa Yellow Magic Orchestra de Harumi Hosono y Ryuichi Sakamoto.

Tómense estos apuntes como humildísima guía de escucha. En el fondo, Hawái está en tu mente no precisa de grandes conocimientos geográficos, etnográficos o melómanos: solo de la predisposición del oyente para dejarse llevar y experimentar sus efectos euforizantes. Ah, y si quieren saber más sobre L’Exotighost, busquen sus versiones singularísimas de la Gnossienne #1 (Erik Satie) o de la sintonía de El hombre y la tierra, de Antón García Abril. Magia y lisergia, todo en uno.

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