Alfredo González escribe canciones de esas que nos gustaría escuchar siempre. Canciones atemporales, incluso un punto candorosas, que resultan estar publicadas en 2019 pero cualquiera podría fechar cuarenta, cincuenta años antes. Canciones de esas que parecen suspendidas en el éter, a la espera solo de alguien que sepa deshacer el hechizo y acercárnoslas a ras de suelo. González, asturiano del 81, ha resultado ser el hechicero. Escuchamos “Afluentes”, el tema que abre y titula esta colección, con sus ecos de Jorge Manrique y la asunción serena de los finales infelices, y corremos el peligro de que se nos quede prendida en la memoria y ya nos pasemos canturreándola el resto de la semana. Porque Alfredo escribe bonito, muy bonito, en la más pura y menos peyorativa de las acepciones. Es, sospechamos, la envidia sana de otros compañeros de oficio ‘cancioneril’ y uno de los grandes tapados del género, aunque un álbum tan manifiestamente hermoso como este bien merece nuestro esfuerzo por desenmascararlo, por difundir sus bondades a los cuatro vientos. Produce el jiennense Pachi García Alis, que aporta su voz inconfundible para “El pozo” y se encarga como nadie de acentuar la naturalidad, de que todo brille con un tenue sol de destellos mediterráneos. No hay grandes referentes que salten al oído, aunque podemos pensar en el glorioso José María Guzmán de los tiempos de “El país de la luz”. La excepción la constituye “Guardad las tijeras”, que sentimos más amarga y próxima a la órbita de The New Raemon; el resto es primor y ternura, belleza melancólica, frágil (“Hilo de voz”) e indisimulada. Belleza que escuece (“La escalera”) pero que, por encima de todo, prevalece. Es su sexto álbum: conocer a Alfredo es ya, a estas alturas, una obligación.

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