La eclosión llegaría solo un año más tarde, con el mítico Parklife, pero el flechazo se produjo aquí, cuando caímos en la cuenta de que Damon Albarn, ese rubito con aires de querubín travieso, era además un genio consumado. Puede que nadie esperase un álbum de estas dimensiones, atendiendo a que la inauguración del universo Blur, (Leisure, 1991), tampoco había sido gran cosa, pero Modern life… era una muestra aún temprana de cómo estos veinteañeros podían entregar docenas y más docenas de canciones en estado de gracia. No es hipérbole: tan seguros andaban ya de sus posibilidades que se permitieron la chulería de relegar la fantástica Popscene a la condición de single paralelo. sin presencia en el álbum, mientras un himno generacional como Young and lovely quedó sepultado como una de las caras B del segundo sencillo, Chemical world. Todo nos sonó ya de aquella a estallido de inspiración y abundancia, a golpe en la mesa no ya de cuatro de cuatro chavalillos londinenses, sino de una avanzadilla diplomática del pop británico ante el protagonismo mediático que había ido acaparando el grunge desde la Costa Oeste estadounidense. Y esta generosa ristra de éxitos potenciales era lo más cerca que ningún músico británico había estado en dos décadas de la gloriosa herencia de los Kinks, con algunas gotitas de Beatles, Who, Small Faces y la causticidad de Paul Weller. Para qué conformarnos con menos, qué demonios. Hasta el tono enfadica del título, eso de que “La vida moderna es basura”, parecía encajar con la nostalgia por las viejas esencias british de Village green preservation society, lo que nos coloca a solo un paso de teorizar sobre el valor de este álbum como antecedente del espíritu del Brexit. Pero no lo haremos. El valor radica en su condición de colección bárbara y amenísima: de la rabieta punk de Advert al aire de vodevil (trompetas incluidas) para Sunday Sunday (y no digamos ya de ese paréntesis instrumental, Intermission, que parece la banda sonora para una noria lisérgica), la frescura power-pop de la adorable Turn it up, el regreso al sonido Madchester para Oily water o, claro, las quintaesencias de la escritura de Albarn para For tomorrow. En realidad, puede que MLIR no tenga nada que envidiarle a Parklife. ¿O sí?

 

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