Es curioso que Dave Mason no figure del todo en la nómina de los indiscutibles, pese a las excelencias de la producción bajo su firma y a su militancia, siquiera fugaz, en dos de las formaciones de mayor enjundia que nos legó el siglo XX: Traffic y Fleetwood Mac. En la primera rivalizaba en talento, y seguramente también en liderazgo, con el no menos inmenso Steve Winwood, que acabó imponiéndose en las escaramuzas internas y propiciando el precoz abandono de Dave. En la segunda solo participó de un disco más bien aciago, Time (1995), pero el escaso material que se salvaba de aquella debacle llevaba su rúbrica. Y entre medias, varias décadas de labor en primerísima persona que alcanzó su cénit con este álbum homónimo, que no primerizo, y carente de materia grasa.

 

Cuesta creer que lo tengamos medio olvidado, porque es fabuloso. E incorruptible: está henchido de ese mismo sonido rotundo y decidido de Eric Clapton en los tiempos de Derek & The Dominos (de los que formó parte), o de los años dorados de Joe Cocker, el hombre que elevó a la estratosfera la canción más popular de Dave, Feelin’ alright? Allá por 1974, a Mason le había fichado Columbia, disponía de una banda para el directo robusta como un robledal y la música centelleante, como la luz que le alumbra en portada, le salía a espuertas. El chisporroteo de Show me some affection debía figurar como escala obligatoria en todas las antologías para la onda media de los años setenta, igual que esa balada de una pieza que es Every woman. Y no digamos  la felicísima Get ahold on love (una especie de Graham Nash con sección de vientos) o las turbulencias más psicodélicas de Relation ships, una pieza que parece prima hermana de Hole in my shoe, su primer éxito para Traffic.

 

Compositor en estado de gracia, el de Worcester también tenía cintura, a estas alturas de su historial, a la hora de escoger versiones. All along the watchtower quedó más cerca de Jimi Hendrix que del original dylanita, y Bring it on home to me era un acercamiento a Sam Cooke en formato cálido y amable. En realidad, todo es tan afortunado en esta entrega que solo cabe preguntarse por qué los hados no han querido reservarle hueco en la posteridad. 

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