Hay discos aparentemente pequeños por los que no pasa el tiempo. Al contrario, con el transcurso de los años no remiten las ganas de corear a voz en cuello Don’t go, una de esas canciones gozosas y pletóricas que solo pueden concebirse y disfrutarse del todo si nos instalamos en una eterna juventud, en ese impulso primitivo por bajar las ventanillas del coche y berrearle a la inmensidad del valle mientras la garganta va tiñéndose del color de la amapola. Los responsables de un himno de esas dimensiones eran por entonces veinteañeros y parecían en disposición de asaltar los cielos. No lograron rematar ni de lejos aquella operación, pero este debut sigue hoy pareciendo tan disfrutable como el abrazo de un viejo amigo.

Ay, aquellos inicios tan pletóricos que los límites solo se imaginan en las capas altas de la atmósfera. Como buenos irlandeses, Hothouse Flowers no concebían la medianía como forma de expresión artística. Les habían echado el ojo sus paisanos de U2, que les tuvieron como teloneros cuando aún nadie sabía de sus andanzas. Accedió a apadrinarlos como productor el ilustrísimo Clive Langer, que ya por entonces había sacado lustre en grabaciones de Elvis Costello, Madness, Morrissey o Dexy’s Midnight Runners. Y en el centro del escenario se colocaba un muchacho de voz huracanada, Liam Ó Maonlaí (“el tipo blanco que mejor canta soul en el mundo”, Bono dixit), torrencial como una gota fría, un portento al que con los años veríamos en aventuras de sesgo más terruñero.
Don’t go era un estallido de sol y euforia –no te vayas, amante o amigo, ahora que estamos tan a gusto– en un momento social de ánimos más bien mohínos. Había sido originalmente la cara B de la trepidante Love don’t work this way, que le imprime velocidad y metales a la segunda mitad del álbum. Forgiven se miraba en el eterno espejo de Van Morrison, pero aún aspiraba más a emularlo It’ll be easier in the morning, este con unos coros a las maneras del góspel que también se irían convirtiendo en seña de identidad (ya sucedía con el tema inicial, I’m sorry, una aceptación de fragilidad masculina que no era la preponderante en años de hombres muy machos). Y Hallelujah Jordan tenía frases más recitadas, lo que también, ejem, es… morrisoniano, pero también homologable.
Home, el segundo elepé de los Flowers, volvió a ser espléndido. Pero nada puede igualar la emoción de esta primera vez. No faltaba aquí de nada, ni siquiera el influjo de los Waterboys en la descomunal Ballad of Katie. People huele a pasión esmeralda, pero también a calor humano. Imposible añadir nada, Señoría.

 

4 Replies to “Hothouse Flowers: “People” (1988)”

  1. Hola, recuerdo el impacto que me produjo cuando Hothouse Flowers interpretaron Don´t Go durante la retransmisión del Festival de Eurovisión. Se me quedó grabada a fuego, por algun sitio debo tener el maxi. He de decir que pensaba que eran un one-hit-wonder más, desconocía que el LP mereciera la pena. Y nunca volví a saber de ellos.

    1. Pues ya ves, al final había mucho más que “Don’t go” en este mismo disco. Y el siguiente, “Home”, un par de años más tarde, incluía otro himno de los de corear a voz en cuello: “Givin’ it all away”

  2. Hola Fernando:
    Gracias por la entrada, qué maravilla y qué buenos recuerdos… el vinilo de Home lo compré en Dublín cuando tenía yo dieciséis añitos y acababa de salir. Escucharlos sigue dando alegría y ganas de vivir.
    Muchas gracias de nuevo. Un abrazo,

    Manuel

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