De pequeños, todos estábamos enamorados de Linda Ronstadt. Todos los que la conocíamos, porque también había (aunque ahora no lo reconocerían jamás) quienes bebían los vientos por Kim Wilde, Kim Carnes, Jennifer Rush y atrocidades semejantes. Linda lo tenía todo. Publicaba discos sin parar y nos gustaban sin excepción. Su voz era límpida y primorosa, de una perfección tan irrefutable que parecía extraterrestre. Convertía cada versión en una lectura canónica, ensombreciendo las originales hasta que acabábamos recordando solo la suya. Y, por si no fuera suficiente, era guapa a rabiar.

 

Rara era la casa de los buenos amigos que no atesorara sendos ejemplares en vinilo de Simple dreams (1977) y Living in the USA (1978), dos álbumes que siempre parecieron mellizos: tan adictivos que nunca sabíamos por cuál decantarnos. Aún cuesta creer que no acabaran pulverizados después de pasar tantas veces por el filo de la aguja. Pero cuando descubrimos la obra inicial de la Ronstadt, el amor ya se tornó eterno.

 

Don’t cry now era su cuarto disco, pero el primero para Asylum y su despertar en las listas de éxitos. Y era, sobre todo, el comienzo de su colaboración con Peter Asher, el integrante en los sesenta de Peter & Gordon y el hombre que estuvo a punto de ser cuñado de McCartney. Y su mayor alianza con el fabuloso John David Souther, productor del disco, autor de tres canciones y por entonces, qué suertudo, su novio. Es imposible no derretirse con Love has no pride o la versión de Desperado, que los Eagles habían grabado muy pocos meses antes. Con las aproximaciones a Neil Young (I believe in you) o Randy Newman (Sail away). Y con el desparpajo campestre de Silver threads and golden needles. Con Don’t cry now no entraban ganas de llorar. Ni unas pocas. Solo de caer rendido a sus pies.

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