Nunca quisieron ocultar sus intenciones. Es más: las explicitaron. Marillion querían ser, una década más tarde, los nuevos Genesis de la época de Peter Gabriel. Una pretensión noble, sin duda, pero también un tanto suicida. En 1983, el momento en que nuestros oídos se conmovieron con este Guion para una lágrima de bufón (el mismo título era puro Gabriel con el rostro embadurnado de maquillaje), el rock progresivo parecía una antigualla pretérita, una arquitectura vacua y excesiva propia de un momento desnortado, del desconcierto con que el mundo recibió el final de los radiantes años sesenta. Los Genesis de Phil Collins llenaban estadios con el pop de Mama o That’s all, Yes conseguía su insólito primer número 1 con la roquera pero nada progresiva Owner of a lonely heart y los aires rimbombantes de la recién creada superbanda Asia avalaban a los teóricos de la vacuidad. Y, sin embargo, el bufón llegó repartiendo bendiciones: mucho tiempo después, este álbum consigue aún abrumar, asombrar, adherirnos al respaldo del sillón desde el momento mismo en que el tema central (épico, enrevesado, extenso, excitante: ¡bienvenidos al reino sinfónico!) irrumpía en el giradiscos. Como Gabriel en los tiempos de I know what I like, también eran capaces de conjugar la grandeza progresiva con piezas irresistiblemente pegadizas, en particular He knows you know y Garden party. Puede que Chelsea Monday nos resultase un tanto frugal en ese contexto de impacto por lo rimbombante, pero no dejaba de ser una manera de allanar el camino ante el festín final de la fabulosa Forgotten sons. Irónicamente, los paralelismos con Genesis se acentuarían cinco años más tarde con la marcha de Fish, su carismático y enfático cantante. Pero en esas apareció Steve Hogarth y, lejos de declinar la estrella, han llegado muchas décadas más de apoteosis.

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