Hubo algo de movimiento suicida, de disparo en el pie, en aquel extraño cuarto álbum de Orchestral Manoeuvres in the Dark, uno de esos discos desconcertantes en su momento y agradecidos cuando el ángulo de visión se vuelve más panorámico. Era un momento particularmente dulce para Andy McCluskey y Paul Humphreys, dos mocosetes bien avenidos del Merseyside que se habían sacudido la dependencia inicial de Kraftwerk, una devoción que en ocasiones bordeaba el plagio, para encadenar dos trabajos adictivos, incombustibles y muy difíciles de batir. Hablamos de OrganisationArchitecture & morality (razonable candidato, por cierto, a mejor título de todos los tiempos), a los que sucedió este disparatado salto al vacío, un capricho marciano sobre robótica y franjas horarias. Los directivos de Virgin se abrieron las venas. Hoy, todo en él, incluidos carpeta, diseño, concepto y tipografía, hacen bueno el adjetivo del título: deslumbrante.

 

Proveníamos, no lo olvidemos, de Enola gay (1980), SouvenirJoan of Arc (1981), temas canónicos, pluscuamperfectos, en ese adictivo nuevo lenguaje del synth pop que por entonces era, junto a la nueva ola, la mejor vacuna contra la polución sonora del punk. En Dazzle ships deslizaron Humphreys y McCluskey un par de sencillos potables, el enfático Genetic engineering y el ya algo desquiciado (pero maravilloso) Telegraph. La media hora restante era sencillamente imposible de emitir en la frecuencia modulada. Piezas breves, inconexas, experimentales, mohínas, repletas de voces locutadas. Un completo enigma. Hoy nos suenan a paradigma de vanguardia, a destellos de genialidad iluminadaSilent running, por ejemplo, es una balada narcótica que se vuelve inquietante, rasgada por una voz, la de Andy, que nunca había sido tan enfática. Igual que Radio waves desasosiega con sus disonancias de torre de comunicación para convertirse en una especie de baile robótico.

 

Todo muy loco. Demasiado avanzado incluso para sus firmantes, que recularían con un Junk culture (1984) muy ameno pero infinitamente complaciente. Dazzle ships era, en cambio, fragmentario y muy propicio para el desasosiego. En OMD quisieron simbolizar las inquietudes sobre la deshumanización de la tecnología o especulaban sobre nuestras dificultades, como especie, para lidiar con los avances biológicos. Algunos lo han querido ver como un remoto antecedente de Kid A, de Radiohead, y no parece una hipótesis disparatada; con la diferencia de que en 2000 ya estábamos mejor preparados para estos sobresaltos. Dazzle ships hacía bueno hasta su gama cromática para ejercer de perro verde. Pero extremadamente fascinante.

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