La vida era más sencilla, cándida y placentera cuando conocimos a Sixpence Non The Richer, una de esas bandas que parecía nacer para hacernos felices y que demostró ser una metáfora misma de esa felicidad: un fenómeno circunstancial y pasajero. Algunos les miraron con reparo porque provenían de las filas del pop cristiano, una figura por aquí atípica pero relativamente frecuente por aquellas tierras (del Señor). De hecho, habían publicado ya un par de álbumes de los que casi nadie en Europa tuvo noticias, así que la propia naturaleza homónima de este tercer disco le concedió aire de renacimiento. Y entonces escuchamos Kiss me y, admitámoslo, nos enamoramos.

 

Leigh Nash, la muchacha al frente del quinteto de Austin, parecía una alternativa trasatlántica y dulcificada de Dolores O’Riordan, aunque SNTR y The Cranberries acabarían compartiendo un público (o parroquia) bastante similar. Y en los momentos en que la dulzura se sazonaba con violines y demás aromas folkies, como en Easy to ignore, era fácil que Eddie Reader y sus Fairground Attraction nos vinieran a la memoria. Kiss me tuvo la culpa de todo lo demás, porque era adictiva, pegadiza, adorable, candorosa. Perfecta. Pero ni siquiera germinó de buenas a primeras: hubo que esperar un par de años, hasta su inclusión de 1999 en Dawson crece, para que a los cazadores de one hit wonders les saltasen todas las alarmas.

 

Lo injusto de los exitazos es que eclipsen todo lo que les rodeó. Y había más bocados de alta cocina en esta entrega, como ese doblete entrelazado, Anything The waiting room, con adornos de cuerdas e imaginación casi en la estela de McCartney.I can’t catch you y We have forgotten, donde las guitarras no llegaban a sonar fuertes pero sí seductoras. O la nada usual escala en Pablo Neruda que era Puedo escribir. Y el tributo final a The La’s y su maravilloso There she goes, que acabaría haciéndose casi más popular que la lectura primigenia.

 

Nash y sus muchachos corroborarían pocos años después su buen tino con las versiones gracias por mediación de Don’t dream it’s over, de Crowded House, pero ya no hubo manera de remontar nuevamente el vuelo. Queda el recuerdo entrañable de aquel pop indie pero muy accesible, cercano a otros nombres de la época que quisimos mucho –Shawn Mullins, Sarah McLachlan– pero que apenas recordamos ya.

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