A veces nos damos cuenta de que peinamos alguna cana, más allá de lo que dictamine la confrontación con el espejo, cuando sobreviene la capacidad para contar historietas acumuladas en la efímera mochila de la vida. Aquí va una, humildemente. El primer concierto español de la familia Corr tuvo lugar ante 40 espectadores escasos. Podemos dar fe, palabra, aprovechando que la memoria aún permanece donde debiera. Corría enero de 1995 y los cuatro hermanitos irlandeses estrenaron sus primeras canciones en el sótano del hoy desaparecido café Soto Mesa, un diminuto local madrileño, a un paso de la calle Mayor, relacionado con una academia privada de música.

 

Los responsables de su compañía discográfica sonreían esperanzados: entre los estribillos contagiosos de la banda y el encanto personal (y físico) de la familia, tal vez acudieran a las tiendas unos 5.000 aficionados al folk, más aún en aquel momento en que los violines celtas y demás aromas herbáceos gozaban de predicamento popular y propiciaban el alboroto festivalero. Pero el cálculo erró con estrépito. Forgiven, not forgotten despachó más de 300.000 ejemplares y facilitó el camino de la segunda entrega, Talk on corners (1998), que cosechó un éxito aún más estrepitoso.

 

A veces, con la distancia, acostumbramos a mirar a The Corrs con una sonrisa condescendiente; esa que solemos dedicarles a las manufacturas pasadas de fecha. Como en tantas otras ocasiones habremos constatado, las ideas prefabricadas solo propician el aturdimiento cognitivo. Forgiven… siempre aspiró a la condición de disco afable y amable, pero repasarlo sirve para constatarlo como muy digno de aprecio. Reivindicaba a los ancestros con una nutrida colección de tonadillas instrumentales (¡seis!), pero clavaba sus primeras picas en las listas de éxitos con baladas impecables (Runaway), estallidos de pop-folk muy pegadizo (The right time, Love to love you) y unas voces angelicales que empastaban como solo las grandes familias folkies saben hacerlo. Y en este gremio, a diferencia de los Gallagher o los Davies de la escena mancuniana o londinense, la consanguinidad suele traducirse en protagonistas bien avenidos.

 

Nada de lo que renegar: redescubramos a los de Dundalk más allá de la nostalgia. El cotizadísimo David Foster (varias docenas de nuestros discos llevan su firma, aunque no hayamos reparado en ella) asumió esa producción prístina, con una lima que dulcificaba las aristas. Hoy acaso reduciríamos en la receta una parte de la melaza, pero el tiempo avala la excelencia de no pocas páginas. Y refrenda la segunda parte del título: no, ni queremos ni podremos olvidar a Andrea, Sharon, Caroline y Jim.

 

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