Uno se da cuenta de que peina alguna cana, más allá de lo que dicten peine y espejo, cuando adquiere conciencia de su capacidad para contar historietas. Aquí va una, humildemente. El primer concierto español de la familia Corr tuvo lugar ante 40 espectadores escasos. Este servidor era uno de ellos. Palabra. Corría enero de 1996 y los cuatro hermanitos irlandeses estrenaron sus primeras canciones en el sótano del hoy desaparecido café Soto Mesa, un diminuto local madrileño, a un paso de la calle Mayor, relacionado con una academia privada de música. Los responsables de su compañía discográfica sonreían esperanzados: entre los estribillos contagiosos de la banda y el encanto personal (y físico) de la familia, tal vez acudieran a las tiendas unos 5.000 aficionados al folk, más aún en ese momento en que los violines celtas y demás aromas herbáceos gozaban de predicamento popular y propiciaban el alboroto festivalero… El cálculo erró con estrépito. Aquel “Forgiven, not forgotten” despachó más de 300.000 ejemplares y facilitó el camino de la segunda entrega, “Talk on corners” (1998), que cosechó un éxito aún mayor. Hoy acostumbramos a mirar a The Corrs con una sonrisa condescendiente, esa que solemos dedicarles a las manufacturas pasadas de fecha. Como en tantas ocasiones, las ideas prefabricadas solo propician el aturdimiento cognitivo. “Forgiven…” es un disco afable y amable, pero también muy digno de aprecio. Reivindicaba a los ancestros con una nutrida colección de tonadillas instrumentales (¡seis!), pero clavaba sus primeras picas en las listas de éxitos con baladas impecables (“Runaway”), estallidos de pop-folk muy pegadizo (“The right time”, “Love to love you”) y unas voces angelicales que empastaban como solo las grandes familias folkies saben hacerlo. Nada de lo que renegar: redescúbranlos más allá de la nostalgia.

 

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