Ese título de La búsqueda ya supone un indicio en toda regla, la llamada de atención de quienes, desorientados, porfían en el empeño de encontrar un camino y hasta puede que acaben dando vueltas a la redonda. The quest constituye una experiencia entre ilusionante y frustrante; el regreso con material de estreno para una banda absolutamente quintaesencial en la historia del rock sinfónico y la constatación de que los tiempos de gloria no quedan solo a varias décadas de distancia, sino a unos cuantos años luz. Para disfrutar del álbum, y hay sólidos motivos para hacerlo, debemos rebajar las expectativas. Porque, por mucho que el arte y las tipografías correspondan al inconfundible Roger Dean, fiel a la cita con las carátulas desde los tiempos de Fragile (1971) y hoy un venerable ilustrador de 77 años, los contenidos invitan más a la melancolía y la indulgencia que al entusiasmo.

 

Han transcurrido siete largos años desde Heaven & Earth, el anterior trabajo con material inédito de la legendaria banda de las tres letras y seguramente el disco más desvaído, fofo e irrelevante en el medio siglo largo de esta corporación fascinante y turbulenta. Y en este periodo perdimos para siempre al inolvidable Chris Squire, un bajista con escuela propia, por lo que la pegatina de portada con la alineación titular de Yes en 2021 resulta particularmente pertinente: The quest es el primer elepé en el que no queda ni uno solo de los integrantes originales de aquel debut homónimo de 1968. A la vista de que las diferencias con Jon Anderson, el vocalista que encarna la quintaesencia de la banda, parecen irreconciliables, nuestras mejores esperanzas recaen ahora en el guitarrista Steve Howe, que además asume la producción tras el descalabro de Roy Thomas Baker en el mencionado disco de 2014. Y Howe, de acuerdo, lo tuvo todo y retiene bastante, pero sus ansias por las construcciones apoteósicas y laberínticas de los buenos tiempos parecen menguadas.

 

Pese a todas las reservas, anotemos un dato importante. The quest merece la pena, siquiera en parte, aunque solo fuera por sus dos cortes iniciales, The ice bridge y Dare to know. Ninguno de ellos alcanza las cotas históricas, pero conservan las esencias, apuestan por una cierta extensión (siete y seis minutos) y amplitud de desarrollos, encajan en todos los parámetros de lo que cualquiera entendería por una pieza canónica y meritoria de Yes. Jon Davison asume el papel de Jon Anderson en una franja evocadora pero no clónica, lo que se agradece. Y Geoff Downes aporta unos teclados muy ambientales, como en él es habitual: el que fuera la mitad de los Buggles siempre ha sido poco dado a la floritura, lo que dulcifica y a veces reblandece el sonido.

 

A partir de ahí, la media hora restante languidece. Es agradable, sin duda, pero carece de ganchos y no ofrece un solo título que nos apresuremos a archivar en la memoria. Minus the man, siendo interesante, parece carecer de estrofa o estribillo: parece un puente prolongado. El corte más extenso y teóricamente ambicioso, Leave well alone, es romo y se queda en amago, en rock progresivo de baja intensidad, como si el músculo anduviera temeroso de una contractura. Sobre todo con bagatelas como Music to my ears, livianas como gasa de seda.

 

Para concluir sumidos en el desconcierto, The quest aporta una pirueta final: los tres últimos cortes, del noveno al undécimo, se relegan a un segundo disco de apenas 13 minutos, a pesar de que habrían cabido sin problemas en el CD principal. Puede ser una extravagancia o incluso una manera de dar más empaque a este nuevo álbum, que se presenta en un bonito formato grueso. Pero quizá sea solo el reconocimiento de que esos tres temas no encajan con el resto. ¿Por qué? Porque no tienen ni un miligramo de discurso sinfónico. Y, además, no podían ser más dispares. Sister sleeping soul, delicioso y extraordinariamente disfrutable; Mystery tour y Damaged world, paupérrimos. ¿Cómo se quedan?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *