La carrera de Iván «Melón» Lewis sigue dibujando una trayectoria tan ascendente como imparable y mantenida, y eso que a estas alturas no resulta ya nada sencillo mantener los registros del altímetro en permanente crecimiento. El pianista hispanocubano celebró la siempre emblemática onomástica número 50 el año pasado y, casi a modo de celebración, nos regala un trabajo jazzístico hasta los tuétanos, una exhibición del siempre admirado y arriesgado ejercicio del trío clásico (piano, contrabajo y batería) que se aleja de la sintaxis meramente latina y extiende su radio de acción hasta una contemporaneidad como es muy difícil de igual en nuestros escenarios ibéricos.
Hace tiempo que el artista de Pinar del Río, el paraíso aquel del occidente cubano, trascendió su condición de artista acompañante, como bien pueden dar fe (en mayor o menor medida) Serrat, Sabina, Perales, Sole Giménez, la fadista Mariza, la eminencia de la chanson Charles Aznavour o, sobre todo, la temperamental Buika, con la que acabó estableciendo un vínculo intenso y también tormentoso. Ni siquiera este Luces y sombras es una obra afiliada al jazz latino, por más que el ADN cubano pueda asomar aquí y allá en el movimiento de sus dedos, más como un esbozo o insinuación que a modo de evidencia. Para eso dispone ya de dos valiosas vías de escape a través del fraternal dúo con su paisano y saxofonista Ariel Brínguez (acudan sin falta al disco Alma en Cuba, de 2024) y de su exuberante proyecto para metales The Cuban Swing Express, confabulación de 10 cubanos afincados en Europa con la que honra desde las partituras clásicas de Pérez Prado, Lecuona o Benny Moré hasta el legado de su propio padre, Ricardo González Duquesne. Aquí el cubanismo es solo puntual (Danzana), mientras que la herencia yanqui es manifiesta en Big Kenny, un brindis por el legado del maestro del post bop Kenny Barron, mientras que los ecos del eterno Chick Corea pueden intuirse en Momento o Canción para un amigo.
Ese melodista enorme que anida en la cabeza de Iván González Lewis (ya sabrán que lo de Melón es un apelativo infantil algo malévolo, «por flaco y de cabeza grande, como un chupa-chups«) se destapa sin remilgos en Luces y sombras, el tema central, que bien merecería un baile agarrao con vistas al Malecón. En esos siete minutos es donde se vuelven más sedosos y cómplices los acompañantes de Iván para esta aventura, el contrabajista Gastón Joya (habitual en los Afrocuban Messengers de Chucho Valdés) y el batería de Guantánamo Georvis Pico, por quien sentía veneración el bueno de Jerry González. Luces y sombras no es en realidad un álbum llamativo ni por extenso (siete cortes, tres cuartos de hora) ni por ambicioso, pues casi parece cimentar las bases de un trío al que se le intuyen posibilidades inmensas. Pero tiene el alma y el pálpito de los músicos grandes; los que, como Melón, son capaces de sacarse de la chistera alguna preciosidad tan adictiva como Otra posibilidad, ese tipo de filigranas luminosas con las que en su día soñaban, sin alcanzarlas, prohombres de las nuevas músicas como Scott Cossu o Philip Aaberg.
Mucho mejor Lewis, dónde va a parar. Y cuando ya piensen que han disfrutado de todas sus caras, recréense en la tiernísima balada romántica Be, tres minutos para echar el telón y apagar la luz con una sonrisa entre los labios.