Ha dado algunos tumbos el bueno de Eric D. Johnson bajo el epígrafe de Fruit Bats, una marca de vida azarosa que en algún momento pareció en vías de extinguirse y que últimamente se ha reactivado con uno de los periodos más prolíficos en sus dos décadas largas de historia. Pero The landfill presenta todas las trazas de marcar un punto de inflexión en la historia de la banda. Después del bello y contenido A river running to your heart (2023), título bonito donde los haya, y del casi desnudo Baby man (2025), estas 10 canciones inspiradas en el Medio Oeste y cargadas de un bagaje emocional cada vez más a punto de desbordarse se convierten en aspirantes instantáneas a figurar en los listados de esos discos por los que este 2026 también habrá merecido –claro que sí– mucho la pena.
Las referencias geográficas pueden pillarnos más a trasmano a tantos miles de kilómetros de distancia, pero en realidad El vertedero del título es un cúmulo de experiencias vitales, hallazgos, aprendizajes, amarguras y confesiones que rozan lo conmovedor. Sobre todo porque Johnson consigue durante gran parte del álbum afilar su folk-rock característico hasta convertirlo en un permanente chispazo sonoro, en una amalgama cautivadora de influencias por la que transitan los aprendizajes de muchos nombres grandes, desde Tom Petty hasta The War on Drugs. Y todo ello a partir de un arranque ejemplar, The saddest part of the song, que ya marca ese espíritu de escepticismo ilustrado que nos acompañará durante el periplo. Y que vuelve a hacer bueno el principio de que un título brillante en sí mismo suele ser indicio de una gran canción.
El mismo comienzo de The saddest… ya nos hace pensar en Eric como una suerte de John Lennon inmerso en las aguas del americana, una percepción recurrente a lo largo de estos 35 minutos de poesía sonora en estado de gracia. Las escobillas de All wounds aportan una dimensión de viaje poético, Think aboutcha se aproxima a un formato más, digamos, radiable con su irresistible obstinato al piano y el sonido más expansivo de todo el elepé. Pero no perdamos de visto ni el fabuloso rollo vaquero que impregna Fishin’ for a vision ni, por supuesto, el aire de dylanita eléctrico que se le pone a nuestro caballero de Chicago a la hora de hincarle el diente a Perhaps we’re a storm (“Sigo siendo apenas una semilla en la fría niebla, que flota al compás de la brisa”).
Y dejamos lo mejor para el final, ese Silverfish in the sink que es el corte más etéreo y evocador de todo el álbum, quizá incluso el más atípico: apenas voz y un piano medio afónico de pared hasta que entran la percusión y la guitarra acústica. Qué sutileza. Cuánta hermosura. Y cómo se notan los trienios de experiencia acumulados en la búsqueda de la canción casi perfecta.