Es curioso que muchos sigan necesitando aún de un buen puñado de líneas introductorias en torno a la figura de Víctor Aparicio Abundancia, pese a que nos encontramos frente a un personajazo reputado y de trayectoria sólida y extensa, un sexagenario con voz y voto de primera mano en los tiempos de la movida al frente de Los Coyotes que luego supo reinventarse como Víctor Coyote en solitario y que en estas tres últimas décadas nos ha regalado una exigua media docena de álbumes que hemos ido recibiendo como manjares. Pero la disidencia artística no es plato muy bien recibido por los escuchantes en estos territorios ibéricos, así que este pontevedrés de Tui lleva más de media vida ejerciendo como artista de culto y recibiendo ovaciones tan entusiastas como restringidas. Ellos se lo pierden, pensará, y el objetivo por nuestra parte ha de consistir en posicionarnos en el otro bando, en el de los que sí hemos llegado hasta este vergel abundante y podemos retozar en él y disfrutarlo como se merece.
Para curiosos y rezagados, pero también para incondicionales amantes del noble arte de la antología, aparece ahora este El propio a modo de compendio, recopilatorio, antología o, como el propio interesado apostilla en la portada con letra pequeñita, «lo que podríamos llamar sus éxitos». No es una colección abrumadora, sino una preciosa selección introductoria que aporta ocho perlas entresacadas de su producción discográfica previa, desde ese tímido asalto a las grandes audiencias que quiso ser Lo bueno dentro (1995, aún bajo los auspicios de una multinacional) hasta el adorable tránsito por caminos secundarios que simbolizaba Las comarcales, publicado en 2020 pocas semanas antes del colapso pandémico, por aquello de ahondar en las audiencias restringidas y el malditismo. A ello hemos de sumarle un ingenioso single de 2024, Si te falta calle, impregnado de salsa hasta los tuétanos, y el regalazo inédito de Así me tratan ahora, una hilarante canción sobre el peso de la fama, pero al revés: la crónica del tipo de éxito caído en desgracia y al que nadie presta ya ni un ápice de atención.
De todo lo escrito por Coyote en papel pautado durante estas tres últimas décadas, solo la cómica y pegadiza Jaguarundi (1995), con su iconoclasta deje brasileño, acarició las mieles del gran público, aunque terminara sirviendo como música para la Vuelta Ciclista justo cuando esa condición se diluía y devaluaba a efectos comerciales. No dejaba de ser un giro de guion muy propio para el itinerario vital y artístico del pontevedrés, un geniecillo renacentista que nunca ha dejado de ir a lo suyo y del que el encarte del vinilo aporta 16 ejemplos de su maravillosa faceta como cartelista estilosísimo y vintage.
No nos preocupemos en demasía con él: don Víctor Aparicio sabe cuidarse, no deja de picotear aquí y allá con encargos siempre transversales y entrañables (el último, la banda sonora para la serie televisiva Poquita fe), y apuntala su carrera en el documental y el cómic a la más mínima oportunidad. Pero este resumen breve, atinado y sustancioso de El propio sirve para avalarle como uno de los grandes pioneros en España del rock latino y para admirar su amor desprejuiciado e iconoclasta por lo que se cocía al otro lado del gran océano mientras en esta orilla permanecíamos solo obnubilados por los grandes fuegos de artificio angloparlantes. Coyote se aproxima a Latinoamérica con desparpajo y amor imperecedero, aunque no le preste demasiada atención a los academicismos. Y todo ello le permite tanto ensayar con Cumbia de milagro un baile más tristón que fulminante como acercarse con respeto y heterodoxia a un clásico de Mort Shuman, Puerto Rico en mi corazón. A mayores, hemos de sumar un acercamiento a Amália Rodrigues a través de Havemos de ir a Viana, un fado que en sus manos se vuelve travieso en connivencia con una cantante portuguesa, Rita Braga, de garganta en tecnicolor.
Qué gran tipo, en definitiva, este Víctor Coyote. A la gente así debemos quererla más. El propio nos sirve como magnífico documento introductorio, una ocasión perfecta para dejarnos engatusar por su encanto sutil, discreto y ligeramente bailable.